Usted es un alma, y tiene un cuerpo

Resumen

Aunque formamos parte del mundo físico, los seres humanos somos únicos, pues Dios nos ha dotado de un alma o espíritu.

Naturalmente, los cristianos y la mayoría de las personas del mundo pensamos principalmente en nosotros mismos desde una perspectiva física. Después de todo, somos carne y sangre (Mateo 16:17; 1 Corintios 15:50) y habitamos en un mundo físico. Por supuesto, como hijos de Dios (Juan 1:12; 1 Juan 3:1), los cristianos somos amonestados a no adoptar el camino del mundo: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:2). «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:15-16).

Dado que somos criaturas físicas (Génesis 3:19), no vivir como la gente del mundo resulta ser un gran desafío. Cuando los cristianos logran vencer al mundo (Juan 16:33; 1 Juan 5:4), pueden hacer resplandecer sus luces, siendo «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo» (Filipenses 2:15). Jesús reconoció la dificultad que propone el hecho de que Sus discípulos vivan en el mundo sin sucumbir a sus seducciones: «Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan 17:14-16). Por extensión, los cristianos de hoy enfrentan la misma dificultad.

Aunque formamos parte del mundo físico y creado, somos muy diferentes de las plantas, los animales, las piedras, etc. El Dios todopoderoso dotó a cada miembro de la humanidad de un alma o espíritu; lo hizo primero con Adán: «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7). Si «ser viviente» hace referencia al alma, entonces este versículo menciona tres dones que Dios dio a la humanidad: (1) el cuerpo físico («formó al hombre del polvo de la tierra», (2) el aliento de vida y (3) el espíritu o el alma («fue el hombre un ser viviente») que las plantas, animales y piedras no poseen. Muchos otros pasajes bíblicos atestiguan la existencia del alma o del espíritu en cada persona (cf. Números 16:22; Isaías 57:16; Zacarías 12:1; Mateo 10:28; 16:26; Hebreos 4:12; 6:19; 10:39; 12:9, 23):

  • «Y juró el rey Sedequías en secreto a Jeremías, diciendo: Vive Jehová que nos hizo esta alma, que no te mataré, ni te entregaré en mano de estos varones que buscan tu vida» (Jeremías 38:16).

  • «[Y] el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio» (Eclesiastés 12:7).

  • «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12).

  • «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tesalonicenses 5:23).

  • «[S]epa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados» (Santiago 5:20).

  • «Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1 Pedro 2:11).

Por lo tanto, no es de extrañar que Jesús hiciera una distinción clara entre asuntos espirituales y físicos, y estableciera prioridades, colocando lo espiritual por encima de todas las demás cosas. «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. […] Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:24, 33). «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10:37).

Nuestra ciudadanía en el reino espiritual o en la iglesia está por encima de nuestra ciudadanía en la nación en la que vivimos. «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Filipenses 3:20). En vez de enfocarnos en la etnia, el estatus social, la educación, la economía o cualquier otra cosa, los asuntos espirituales deben dominar nuestros pensamientos por encima de todo lo demás. Piense en esto: nuestra alma, dentro de nosotros, es como el conductor de un automóvil. Un día, cambiaremos nuestros «autos» físicos por un modelo nuevo, mejorado e inmortal; Dios «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Filipenses 3:21). «He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Corintios 15:51-53).