Nuestro mundo deformado

Resumen

Aunque los cristianos fieles debemos vivir en un mundo deformado, no tenemos que vivir como pecadores no perdonados.

Hace poco tropecé y dañé algunas cosas al caer al suelo. Uno de los objetos dañados fue un pequeño globo terráqueo que «mágicamente» flotaba en el aire sin sujetarse a nada; algunos imanes generaban un efecto invisible de atracción y repulsión sobre el globo. Ahora, este pequeño mundo presenta marcas que deforman su superficie. Debo pedir perdón a Canadá y Alaska, al Ártico, a Rusia, a China y a Escandinavia, así como a la Antártida y a la tercera parte de Sudamérica.

Desde luego, esos lugares del mundo real no han sido afectados solo porque mi pequeño globo ahora tiene varias abolladuras. Sin embargo, en un sentido espiritual, nuestro mundo ha sido marcado o deformado por el pecado de la humanidad en todo el mundo (Romanos 3:10, 23). El pecado de Adán y Eva provocó cambios en el mundo creado y dio lugar a una relación deteriorada entre la primera pareja y Dios (Génesis 3:16-22). Desde entonces hasta hoy, el pecado ha continuado separando a la humanidad de Dios (Isaías 59:1-2). De manera similar a las consecuencias del pecado de Adán y Eva, los pecados se multiplicaron con el crecimiento de la población humana hasta que Dios decidió traer un diluvio universal en los días de Noé, lo que implicó un cambio climático mundial y la reestructuración de la topografía de la tierra (Génesis 8:20-21). En el plano espiritual, Dios básicamente presionó el botón de reinicio y comenzó el repoblamiento de la humanidad a través de la familia de Noé (Génesis 6-8).

A lo largo del resto del Antiguo Testamento, del primer siglo del Nuevo Testamento y hasta hoy, la humanidad ha seguido alejándose de Dios mediante la práctica de todo tipo de pecado imaginable. Las listas de pecados del Nuevo Testamento muestran la amplia variedad de iniquidades que caracterizan el comportamiento humano desde hace mucho tiempo. La repetición de muchos de los mismos tipos de pecados en cada lista demuestra la universalidad, en especial, de algunas actividades pecaminosas.

Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis (Hechos 15:28-29).

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10).

Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios (Gálatas 5:19-21).

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (Apocalipsis 21:8).

Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo (Efesios 4:25-32).

Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto (Efesios 5:11-12).

Afortunadamente, Dios tiene un programa de recuperación para los pecadores apartados de la comunión con Él. El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Corinto: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6:11). El arrepentimiento (Hechos 17:30) reconecta al cristiano descarriado con Dios. La persona que no es cristiana puede apartarse del pecado mediante el arrepentimiento (Lucas 13:3), el cual es precedido por el conocimiento de la Palabra de Dios (Romanos 10:17) y la fe de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Cristo y el Salvador del mundo (Juan 8:24). Tras el arrepentimiento, esa persona debe confesar o reconocer a Jesús como el Hijo de Dios (Romanos 10:9-10) y ser bautizada (sumergida) en agua para la remisión de los pecados (Marcos 16:15-16; Hechos 2:38).

Incluso los cristianos fieles debemos vivir en un mundo deformado, que cada vez se deteriora más. Pero no tenemos que vivir como pecadores no perdonados, sino como perdonados, cuya forma de vida ya no se complace en el pecado. Jesús oró al Padre, diciendo: «Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan 17:14-16).