Cuando recuerdo la cruz de Cristo, puedo ver las tres cruces del Gólgota (1)

Resumen

La primera cruz del Gólgota está allí para ayudarme a examinar mi corazón y preguntarme: ¿Murió el Salvador en vano por mí?

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros (Lucas 23:39).

Ese viernes memorable hace dos mil años, los ejecutores romanos erigieron tres cruces en el monte Calvario. Aunque las cruces no tuvieron numeración, hablaré de una de ellas como la primera: la cruz del rechazo.

Mateo (27:44) y Marcos (15:32) informan que ambos ladrones crucificados se unieron a las blasfemias e insultos contra el Salvador, pero solo el ladrón de la primera cruz persistió en ello. Lucas (23:39) registra explícitamente el contenido de su blasfemia condenable. Este fue un enunciado de:

  • Incredulidad. Este ladrón atestiguó la perfección de la contención, del amor y del perdón del Cristo (Isaías 53:7; Juan 19:26-27; Lucas 23:34). Atestiguó los eventos sobrenaturales que vindicaron la inocencia del que colgaba en la tercera cruz (Mateo 27:45, 54). Atestiguó los cambios de convicción de quienes observaron la escena con los ojos de la fe (Lucas 23:39-42, 47). Pero hasta donde sabemos, continuó su camino de incredulidad. «Si tú eres el Cristo» no es una declaración de duda que ruega por evidencia, sino una de incredulidad que, persistentemente, niega la evidencia.

  • Intimidación. Este ladrón cometió su peor crimen cuando trató de intimidar, forzar y manipular al Salvador para que concediera la salvación; como tenía «corazón de ladrón», trató de robarla. Pero nadie puede recibir la salvación mediante esta táctica perversa. La salvación se ofrece a los humildes y a los penitentes (cf. Romanos 2:5); este ladrón no era ni una cosa ni la otra. Los que demandan la gracia no pueden recibirla, pues la gracia es un regalo (Efesios 2:8), y el hombre solamente la recibirá bajo los términos de Dios o morirá en pecado. Nadie puede esperar recibir la salvación mientras vive y muere en rebelión contra el Salvador.

  • Indiferencia. Este ladrón no lamentaba su vida vergonzosa, no aspiraba a un cambio real ni anhelaba la salvación verdadera; solamente quería la salvación de su precario destino físico, sin ningún compromiso espiritual. No quería la salvación de sus pecados, sino en sus pecados; por ende, murió como un criminal bajo la ley del hombre y la ley de Dios.

Alguien podría decir: «Yo nunca haré esto a mi Señor», pero esto es exactamente lo que hacemos cuando pecamos con disposición. Decimos: «Satisfaré mi pecado. En el fondo, Tú eres el Salvador. ¡Haz Tu trabajo!».

La primera cruz está allí para ayudarme a examinar mi corazón y preguntarme: «¿Murió el Salvador en vano por mí?».