Cuando recuerdo la cruz de Cristo, puedo ver los siete enunciados del Salvador (7)

Resumen

Este enunciado nos recuerda una vida de intimidad espiritual, de confianza inquebrantable y de sumisión constante.

Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró (Lucas 23:46).

Este último enunciado del Salvador repite los sentimientos del salmista en el salmo 31:5 y revela que Jesús nació, vivió y murió para cumplir las Escrituras. Ha sido tradicionalmente llamado «las palabras de reunión», e interpretado como el anuncio del regreso de Jesús a la casa del Padre.[1] Sin embargo, aquí quiero sugerir que estas son:

  • Palabras de relación. Los enunciados de Jesús en la cruz comenzaron y terminaron con el mismo término afectuoso: «Padre». En el primer enunciado (Lucas 23:34), Jesús apeló a tal relación a favor de otros; aquí lo hizo a favor de Sí mismo. Es interesante notar que, en medio de estos enunciados, tal relación estrecha de Padre e Hijo fue, en cierto grado y en cierto sentido, temporalmente interrumpida (Mateo 27:46) mientras el Salvador inocente cargaba el pecado de un mundo impío (Isaías 53:4-6); pero aquí tal relación es sublimemente restaurada.

  • Palabras de confianza. Durante Su arresto, proceso y crucifixión, Jesús había sido entregado despiadadamente en «manos de pecadores» (Mateo 26:45; Lucas 24:7; cf. Hechos 2:23), y ellos habían usado sus manos impías para abofetearlo, azotarlo y clavarlo a una cruz. Ahora Él entregaba confiadamente[2] Su espíritu en las manos tiernas, justas y poderosas de Su Padre. Estas manos Lo confortaron en el valle de sombra de muerte (Salmos 23:4), y Lo restituyeron de la muerte «por cuanto era imposible que fuese retenido por ella» (Hechos 2:22-24). Como se ha dicho, «las manos del Padre son el lugar de seguridad eterna».

  • Palabras de sumisión. Ya que era Dios, el Salvador crucificado todavía tenía el poder de detener Su dolor, vengarse de Sus opresores, bajar de la cruz y evitar Su muerte, pero Él escogió morir. Él ya había explicado que nadie Le quitaba la vida, sino que Él mismo la daba (Juan 10:17-18); por ende, entregó Su espíritu (Mateo 27:50) en vez de que Su espíritu Le fuera requerido. Entregó Su espíritu porque había venido para hacer la voluntad del Padre (Juan 6:38) y porque el precio del pecado debía ser depositado en las manos del Padre.

En este último enunciado tenemos la oportunidad de recordar una vida de intimidad espiritual, de confianza inquebrantable y de sumisión constante. Tal vida perfecta y gloriosa debe inspirar nuestra vida para que, cuando llegue el momento de nuestra partida, también podamos decir con confianza y expectación: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

[1] E. F. Harrison, «Las últimas siete palabras» [«The seven last words»], La enciclopedia bíblica internacional estándar [International standard Bible encyclopedia], 4 vols., ed. Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1979-1988), 4:426.

[2] El griego paratithemai, «encomiendo», también puede traducirse como «confío».