Las Cinco “Aes” de la Gran Comisión

El término “Gran Comisión” se usa para distinguir la comisión que Jesús dio a Sus discípulos, después de Su resurrección, de las comisiones “limitadas” que había dado durante Su ministerio precedente al Calvario (cf. Marcos 6:7-13; Lucas 10:1-20). Aunque este término no se encuentra en la Biblia, claramente podemos ver el concepto. Un escritor ha sugerido que “[p]odemos llamarla la ‘Gran Comisión’ a causa de su Dador—Jesucristo; a causa de su alcance—todo el mundo; a causa de su ofrecimiento—la salvación, el perdón de los pecados; y a causa de su duración—hasta el fin del mundo” (Swain, 1993, p. 179). Por tanto, la Gran Comisión es “grande” ya que su Dador, ofrecimiento, alcance y duración también son grandes.

La palabra “comisión” significa un “encargo que una persona da a otra para que haga alguna cosa” (Diccionario…, 1997). Por ende, la Gran Comisión es el gran encargo que Jesús dio a Sus discípulos para que realizaran Su voluntad evangelística. Mateo, Marcos y Lucas incluyeron tres versiones complementarias de la Gran Comisión en sus registros del evangelio:

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28:18-20).
Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado (Marcos 16:15-16).
Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas (Lucas 24:46-48; cf. Hechos 1:8).

Se puede dividir y/o resumir este encargo de Jesús a Sus discípulos en cinco partes a las cuales llamo “las cinco ‘Aes’ de la Gran Comisión”: (1) Autoridad, (2) Acción, (3) Adoctrinamiento, (4) Alcance y (5) Asociación.

AUTORIDAD

Jesús dijo: “Toda potestad [autoridad] me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto…” (Mateo 28:18-19). Es decir, basó Su encargo en el hecho que Él había recibido toda autoridad del Padre; ¡este es el fundamento de la Gran Comisión! Sin autoridad para comisionar, no hubiera autoridad para ir; sin autoridad para ir, no hubiera autoridad para predicar; sin autoridad para predicar, no hubiera autoridad para creer; y sin autoridad para creer, no hubiera autoridad para obedecer (cf. Deuteronomio 13:1-5; 18:20-22). De hecho, el Dr. Johannes Blauw ha indicado que en los evangelios “el mandamiento de Cristo tiene que ver con la autoridad: Mateo enfatiza la autoridad real (28:18-20); Marcos, la autoridad de libertad (16:15-18); Lucas, la autoridad perdonadora (28:44-53) [citado en De Ridder, 1971, p. 183, itálicas en original).

La palabra “autoridad” expresa la idea de “mandar, regir o promulgar leyes” (Diccionario…, 1997), “dar órdenes e imponer obediencia” (Pearsall, 2002, p. 89). En asuntos de autoridad religiosa, Jesús no dejó espacio para ninguna otra persona; Él tiene toda la potestad exclusiva de mandar, regir, promulgar leyes, dar órdenes e imponer obediencia. Sin embargo, a través de la Gran Comisión, Él ha delegado cierta autoridad a Sus seguidores: llevar Su mensaje de salvación a las almas perdidas. En el fondo, nadie tiene el derecho de enseñar o promover un mensaje religioso sin la fuente de autoridad adecuada (vea Pinedo, 2010).

El apóstol Pablo expresó claramente la autoridad de Jesús en la Gran Comisión cuando registró la siguiente declaración: “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada” (1 Corintios 9:16-17). Pablo entendió que la autoridad de Cristo en la Gran Comisión no solamente involucraba Su autoridad para mandar, sino también Su autoridad para imponer obediencia. Debido a la autoridad que inviste a la Gran Comisión, el gran apóstol no tenía la opción de ir, sino debía ir.

ACCIÓN

Cuando la iglesia del Señor comenzó en Jerusalén, creció considerablemente. Según Hechos 2:41, alrededor de 3,000 personas creyeron en la predicación de Pedro y los demás apóstoles. Hechos 4:4 registra que poco después el número de creyentes era por lo menos 5,000. Hechos 6:7 informa que “el número de discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén”. Y para el tiempo en que Pablo escribió su epístola a los Colosenses, indicó que el “evangelio…ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo…[y] se predica en toda la creación que está debajo del cielo” (1:6,23).

Durante el Movimiento de la Restauración, el crecimiento de aquellos que buscaban restaurar la iglesia del Señor es impresionante. Bajo el liderazgo de Alexander Campbell, alrededor de 400 miembros formaban parte del movimiento en 1820 (Garrett, 1981, p. 357). Se reportó que a mediados de la década de 1830, después que Campbell uniera sus fuerzas con Barton Stone y otros, el número de miembros era más de 100,000 (McCoy, 1998, p. 205). Según los cálculos de Campbell mismo, el número de miembros era aproximadamente 200,000 en 1857 (Campbell, et.al., 1857, pp. 233,646). Se reportó que para 1890, el número de miembros era alrededor de 700,000 (Rushmore, 1996, 1:63), siendo el movimiento el quinto grupo religioso más grande en los Estados Unidos (McCoy, p. 206). Y se reportó que para el comienzo del siglo XX, el número de miembros era aproximadamente 1,000,000 (Garrett, p. 357).

Otras fuentes indican que la iglesia del Señor tuvo un crecimiento extendido en las décadas de 1920 y 1930 (Olbricht, s.d.). Y se reporta que para 1965, el número global de miembros era aproximadamente 2,500,000 (Swain, 1993, p. 181). Sin embargo, en la década de 1970 el crecimiento en los Estados Unidos comenzó a menguar, aunque se han producido incrementos considerables en África e India desde entonces (vea Olbricht). Pero en las dos décadas pasadas, la membresía en los Estados Unidos incluso ha disminuido.

¿Cuál es el problema? ¿Ha perdido el Evangelio su poder para salvación (Romanos 1:16)? ¡Absolutamente no! El Evangelio es tan potente, eficaz y transformador como lo fue durante el primer siglo, el Movimiento de la Restauración y el periodo circundante a la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, una de las razones de nuestro estancamiento misionero (¡y decadencia misionera!) es nuestro déficit de activismo. Jesús prologó Su mandato evangelístico con el verbo “id” (o “yendo”)—el cual se encuentra en tiempo “aoristo, indicando la urgencia” (Lacueva, 1984, p. 136). De hecho, los demás verbos usados en la Gran Comisión (haced, bautizando, enseñando) claramente evidencian que este es un encargo activo. Los discípulos de Jesús no debían ser pensadores pasivos que pasaran sus días en reclusión silenciosa o meditación profunda; sino debían ser anunciadores militantes preparados para conquistar el mundo. Debían proclamar el Evangelio a la luz del día y desde las azoteas (Mateo 10:27).

Lo cierto es que para satisfacer las demandas de la Gran Comisión, debemos revivir el celo y entusiasmo antiguo ante los mandamientos de Dios. Como Noé, debemos predicar incansablemente ante un mundo impío (2 Pedro 2:5); como los hijos de Leví, debemos alzar “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Efesios 6:17), para penetrar las almas de los perdidos (Hebreos 4:12; cf. Éxodo 32:27-28); como Jonatán, debemos entender que “no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos” (1 Samuel 14:6); como Elías, debemos sentir “un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos” (1 Reyes 19:10,14); como Asa, debemos confiar que para Dios “no hay diferencia alguna en dar ayuda al poderoso o al que no tiene fuerzas” (2 Crónicas 14:11); como Felipe, debemos conducir fervientemente al amigo a los pies de Cristo (Juan 1:43-49); y como Pablo, debemos estar dispuestos a gastar de lo nuestro, y a nosotros mismos del todo, por amor de las almas de los hombres (2 Corintios 12:15).

En la ejecución de la Gran Comisión, el Cielo y la Tierra se unen activamente para hacer realidad la redención humana—los delegados de Dios, yendo y predicando; los receptores del Evangelio, oyendo y obedeciendo; y el Amor Divino, redimiendo y añadiendo. Hay metas sublimes que cumplir—la predicación de la Palabra, la salvación de las almas y la extensión del cristianismo. Por tanto, como alguien ha sugerido, se requiere manos que den (2 Corintios 11:8-9), pies que vayan (Romanos 10:15), ojos que vean (Juan 4:35; cf. Mateo 9:37), oídos que oigan (Hechos 16:9,14) y corazones que sientan (Hechos 2:37). Los cristianos que consideran seriamente la Gran Comisión de Cristo no pueden sentirse felices o satisfechos si no están trabajando por la salvación de otros.

ADOCTRINAMIENTO

Aunque la palabra “id” (o “yendo”) enfatiza la urgencia de la Gran Comisión, el mandamiento directo realmente es “predicad” (o “proclamar”) o “haced discípulos” (o “discipular”). Un discípulo es un aprendiz, una persona que sigue la enseñanza de otro (vea Vine, 1999, 2:285). Los seguidores de Cristo habían sido Sus discípulos por aproximadamente tres años; ahora ellos debían hacer más discípulos para Cristo por medio de la enseñanza. Debían instruir o adoctrinar a otros.

La enseñanza o predicación de la Palabra es la única herramienta que Cristo nos ha dejado para alcanzar al mundo perdido—sea que se hable de la enseñanza oral o la enseñanza ejemplificada. Jesús vino a la Tierra a laborar en los negocios de Su Padre (Lucas 2:49). Él y Su padre tienen el mismo negocio—la enseñanza o predicación (Lucas 2:47; cf. Mateo 4:17). Por ende, Sus discípulos también tienen el mismo negocio. La misión de ellos no es entretener. Como un escritor ha señalado, debemos dejar “que los que buscan entretenimiento vayan a un parque de diversiones, un campeonato deportivo o al zoológico. Para los que tienen antojos de emoción superficial y barata, dejemos que se suban a la montaña rusa. Los aficionados de la risa pueden contratar a un comediante” (Chesser, 2000, p. 320). En cambio, la misión de los discípulos de Cristo es “confrontar a toda alma responsable con el evangelio de Jesucristo” (Chesser, p. 320).

Pablo enfatizó la gran necesidad de la predicación con las siguientes preguntas: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?” (Romanos 10:14, énfasis añadido). Solamente la predicación de la Palabra puede generar fe en el corazón humano (Romanos 10:17). Esa fe que genera es una fe activa (Hebreos 11), una fe obediente (Romanos 1:5), una fe que se expresa en obras (2 Tesalonicenses 1:11; Santiago 2:20-24). La fórmula matemática de la Gran Comisión es simple: predicación de la Palabra + fe obediente = discípulos de Cristo.

Pablo también declaró en 1 Corintios 1:17: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio”. ¿Quiere decir esto que Pablo estaba negando la importancia del bautismo en la proclamación del Evangelio? ¡Desde luego que no! La Gran Comisión clarifica este punto. “Los participios ‘bautizándoles’ y ‘enseñándoles’ describen la manera en que se hacen los discípulos. Se comisiona a los creyentes a hacer discípulos al bautizar a los hombres y ponerles bajo instrucción” (De Ridder, 1971, p. 190, itálicas en original).

Sin embargo, aunque el bautismo es un componente completamente esencial para llegar a ser un discípulo de Cristo y recibir el regalo de la salvación (Mateo 28:19; Marcos 16:16; Hechos 2:38; Gálatas 3:27; Romanos 6:3-5; 1 Pedro 3:21; et.al.), se encuentra fuera del poder y la habilidad del predicador generar independientemente su ejecución—como también es el caso con la fe, el arrepentimiento y la confesión. Es decir, aunque el predicador tiene la capacidad y mandato de predicar, y aunque la Palabra tiene la capacidad de producir fe y obediencia, esto solamente se puede lograr en un corazón bueno, blando y fértil (cf. Mateo 13:1-9,18-23). En la Gran Comisión, los delegados de Cristo tienen el deber de predicar y proveer ayuda adicional para que los hombres lleguen a ser discípulos de Cristo; los receptores de la Palabra tienen el deber de oírla, creerla y actuar basados en su fe.

Dios nunca ha demandado o esperado que Sus siervos logren algo que está fuera de sus capacidades (cf. 1 Corintios 10:13), y esto también se aplica a la Gran Comisión. Dios mandó a Noé que construyera un arca y predicara condenación venidera, pero prestar atención al mensaje y entrar a bordo del arca era la responsabilidad exclusiva del receptor antediluviano (Génesis 6:13-17; 1 Pedro 3:18-20; 2 Pedro 2:5). Moisés asumió la responsabilidad de amonestar al pueblo de Dios, pero escoger entre la vida o la muerte era la responsabilidad exclusiva de cada israelita (Deuteronomio 30:15-20). Elías proclamó la singularidad de Dios desde el Monte Carmelo, pero determinar seguir a Dios o Baal era la responsabilidad exclusiva del pueblo inconstante (1 Reyes 18:20-21). Semaías obedeció a la voz divina y advirtió a Roboam, rey de Judá, pero decidir ir o no a la guerra contra sus hermanos israelitas era la responsabilidad exclusiva del rey (1 Reyes 12:22-24). Isaías denunció las perversiones de Judá, pero lavarse de su inmundicia era la responsabilidad exclusiva del pueblo rebelde (Isaías 1:10-20). Y Pablo recibió la comisión de Cristo para predicar a los gentiles (Hechos 9:15), pero oír el mensaje (Hechos 14:4), arrepentirse de sus pecados (Hechos 17:30), confesar el nombre de Cristo (Romanos 10:10) y ser bautizados para remisión de los pecados (Hechos 18:8) era la responsabilidad exclusiva de los oyentes. Aunque Pablo tenía el mandato de predicar y ayudar a los oyentes en el proceso de conversión y obediencia, no podía ni estaba obligado a oír, creer, arrepentirse y bautizarse por ellos (1 Corintios 1:17).

El adoctrinamiento en la Gran Comisión no termina cuando el oyente recibe la Palabra y es bautizado bajo la autoridad de Cristo, sino el discipulado es una acción continua. Jesús añadió: “[E]nseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:20).

Los que predican la Palabra son la más grande bendición para el mundo perdido y el crecimiento de la iglesia del Señor. Por tanto, como alguien ha señalado, “[n]unca piense en abandonar la predicación. Los ángeles alrededor del trono anhelan su gran trabajo” (citado en Guy, 2009, p. 56).

ALCANCE

Una de las diferencias principales entre la Gran Comisión y las comisiones limitadas que Jesús dio antes de Su muerte es que, mientras que las comisiones previas tenían un alcance limitado (e.g., Mateo 10:5-6), la Gran Comisión tiene un alcance universal: “todas las naciones” (Mateo 28:19; Lucas 24:47), “todo el mundo” y “toda criatura” (Marcos 16:15), “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Aunque Jesús instruyó a Sus discípulos a esperar la promesa del Padre en Jerusalén (Lucas 24:49), no fue Su propósito que ellos residieran permanentemente en ese lugar. Ellos debían ir. Por ende, cuando los discípulos dilataron su estadía en Jerusalén, Dios permitió que surgiera “una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). “Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

Los discípulos debían predicar en todas partes. Felipe llevó el Evangelio a Samaria (Hechos 8:5), alguien llevó el Evangelio a Jope (Hechos 9:36,38), otros llevaron el Evangelio a Fenicia, Chipre y Antioquía (Hechos 11:19), y con Pablo y sus compañeros, el Evangelio recorrió muchas ciudades lejanas y llegó hasta Roma (Hechos 28:16-31).

Pero los discípulos también debían predicar a toda clase de gente. Felipe predicó a los samaritanos (Hechos 8:5), Pedro anunció el Evangelio por primera vez a los gentiles (Hechos 10), y otros predicaron a los griegos (e.g., Hechos 11:20). Por tanto, cuando los judíos desecharon la Palabra de Dios, Pablo y sus compañeros se “volvieron a los gentiles” (Hechos 13:46).

En la Gran Comisión, no hay lugar para la xenofobia, el clasismo o el etnocentrismo. Cristo ha derribado las barreras geográficas y etnográficas (Efesios 2:14-22). El Evangelio es para todos los que están cerca, como “para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39). Como Charles Spurgeon señaló, “[n]unca pierda la esperanza en el poder del evangelio. No crea que existe algún hombre, mucho menos alguna raza de hombres, para quienes el evangelio no sea adecuado” (1865, p. 244).

ASOCIACIÓN

La Comisión había sido dada. La tarea era grande. Había muchos kilómetros que recorrer, muchas almas que rescatar y muchos peligros que enfrentar. Los obreros eran pocos (Lucas 10:2), los recursos eran escasos (1 Corintios 4:11-12) y las habilidades eran ordinarias (1 Corintios 1:25-29). No había canales “cristianos” para llegar a los hogares, no había autos o aviones para recorrer las ciudades y países, y no había Internet para alcanzar al mundo entero. No cabe duda que al considerar su condición insuficiente e impotente ante el reto inmenso (cf. Lucas 17:10), una de las cosas que llenaba los corazones de los discípulos de esperanza y determinación era las palabras de ánimo y asociación que su tierno Maestro pronunció al final de la Comisión: “[H]e aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Ciertamente, como un escritor ha señalado,

[n]o hay actividad en la cual el hombre pueda involucrarse que le impacte más que el trabajo misionero con respecto a la percepción de su impotencia personal. Al llevar el Evangelio al mundo, el testigo de Cristo llega a conocer cuán imposible es que él pueda cambiar el corazón del hombre (De Ridder, 1971, p. 182).

Sin la promesa de asociación de su Maestro, los abrumados discípulos hubieran sido abandonados a sus propios recursos en un mar de desesperación y frustración (cf. Mateo 8:23-26). Sin la compañía y el ánimo continuo de su Señor, ellos hubieran regresado a atar anzuelos, separar lombrices, lanzar redes y limpiar pescados (cf. Juan 21:1-3). Jesús sabía que ellos necesitaban una mano que les sostuviera y una palabra que les alentara.

Pero las palabras de asociación de Jesús no fueron vacías; no fueron un remedio barato para curar una frustración momentánea. Cuando Jesús dijo, “[Y]o estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, eso es exactamente lo que quiso decir. Él estaría con ellos, y realmente, ¡estuvo con ellos cada instante de su ministerio!

Cuando apedreaban a Esteban por acusar a los líderes judíos de la muerte del Justo (Hechos 7:52), Jesús estaba allí, observando y recibiendo su espíritu (7:55-60). Cuando Saulo perseguía insaciablemente a los cristianos en todas las ciudades (Hechos 26:9-11), Jesús estaba allí, observando y deteniendo (Hechos 9:3-6). Cuando Pedro confrontaba el dilema en cuanto a la salvación de los gentiles (Hechos 10), Jesús estaba allí, observando y recordándole (11:16). Cuando Herodes mató a Jacobo y encarceló a Pedro (Hechos 12:1-5), Jesús estaba allí, observando, enviando y liberando (12:11). Cuando los judíos incrédulos en Iconio instigaron a los gentiles contra los hermanos (Hechos 14:2), Jesús estaba allí, observando y atestiguando (14:3). Cuando el carcelero de Filipos encerró a Pablo y Silas en lo más profundo de una prisión (Hechos 16:24), Jesús estaba allí, observando, escuchando y sacudiendo (16:25-26). Cuando los judíos en Corinto se oponían y blasfemaban contra la doctrina que Pablo predicaba (Hechos 18:6), Jesús estaba allí, observando, fortaleciendo, acompañando y protegiendo (18:9-10). Cuando surgió gran disensión en el Concilio por causa de la predicación de Pablo (Hechos 23:10), Jesús estaba allí, observando y animando (23:11). Cuando las fuerzas naturales se unieron para azotar la embarcación en la cual Pablo viajaba (Hechos 27:13-20), Jesús estaba allí, observando y concediendo (Hechos 27:22-25). Y décadas después, en una isla apartada donde Juan había sido desterrado “por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo” (Apocalipsis 1:9), Jesús todavía estaba allí, afirmando y consolando (1:11,17-18; 22:12-13,20). De hecho, Jesús estaba con ellos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

CONCLUSIÓN

No cabe duda que la Gran Comisión es grande a causa de su autoridad, acción, adoctrinamiento y alcance. Pero la grandeza de la Gran Comisión no estuviera completa sin la promesa de asociación de nuestro Señor. Cuando vayamos por el mundo, predicando y haciendo discípulos a todas las gentes, no olvidemos que mientras tocamos una puerta, Jesús todavía está allí observando; mientras entregamos un folleto, Jesús todavía está allí observando; mientras limpiamos el polvo de nuestros zapatos, Jesús todavía está allí observando; y mientras sostenemos a alguien que lentamente es cubierto por las aguas bautismales, Jesús todavía está allí observando. ¡Gracias a Dios por el regalo de la Gran Comisión!

El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio (Proverbios 11:30).

Referencias

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