La iglesia del Hijo amado de Dios

Resumen

¡Es una gran bendición ser parte de la iglesia del Hijo amado de Dios, y toda persona debería desear ser parte de ella!

Dios ofrece Su gracia al hombre, y cuando el hombre responde al obedecer por fe a los requerimientos de esa gracia, Dios le ofrece la salvación de su alma, y el hombre llega a ser cristiano e hijo de Dios. De hecho, el Nuevo Testamento enseña que, cuando alguien llega a estar en Cristo (Gálatas 3:27; Efesios 1:3), Dios lo adopta como Su hijo (Efesios 1:5; Romanos 8:15; Gálatas 4:5). Pero ¿qué sucede cuando Dios adopta a alguien? Él hace lo mismo que usted hiciera si adoptara a un niño: lo añade a Su familia, la iglesia de Su Hijo.

LA IGLESIA DE CRISTO: SU NATURALEZA

Cuando hoy se habla de la iglesia, mucha gente piensa en un lugar de adoración religiosa, y esta es una de las definiciones que los diccionarios modernos incluyen;[1] pero el Nuevo Testamento usa regularmente la palabra «iglesia» con referencia a un grupo de personas. Esto llega a ser claro ya que, entre otras cosas, se dice que la iglesia escucha y habla (Mateo 18:17; Hechos 11:22), puede sentir temor (Hechos 5:11), puede ser perseguida y maltratada (Hechos 8:1-3; 12:1), puede tener paz (Hechos 9:31), puede orar (Hechos 12:5), puede ser saludada (Hechos 18:22) y puede ser alimentada (Hechos 20:28).

El término que el Nuevo Testamento usa para «iglesia» es ekklesia (de dos palabras griegas compuestas que significan «llamar fuera»). Se usa técnicamente para denotar una asamblea o congregación de personas;[2] y en el sentido espiritual, es la congregación o grupo que ha sido «llamado fuera del mundo para entrar al reino de Cristo»[3] (cf. Colosenses 1:13).

El Nuevo Testamento usa varias designaciones y figuras para señalar la relación o pertenencia intima de la iglesia con Dios. Se la llama la iglesia del Señor (Hechos 20:28), la iglesia de Cristo (Romanos 16:16), la iglesia de Dios (1 Corintios 11:22), el cuerpo de Cristo (Efesios 5:23), la esposa de Cristo (Efesios 5:25), la casa de Dios (1 Timoteo 3:15), el pueblo de Dios (Hebreos 4:9) y la familia de Dios (Efesios 2:19).

Entonces, cuando alguien llega a ser salvo y adoptado por Dios, Él lo añade simultáneamente al grupo conocido como Su iglesia (Hechos 2:47), aquellos que constituyen Su familia. Por tanto, nadie puede ser salvo y no ser parte de la iglesia, y nadie puede ser parte de la iglesia y no ser salvo. Aunque la iglesia no salva ya que no es el Salvador, la iglesia es el grupo de los salvos (Efesios 5:23).

LA IGLESIA DE CRISTO: SU IDENTIFICACIÓN

La iglesia de Cristo es única y distinta de los miles de grupos «cristianos» creados por el hombre. Dios añade a Su iglesia solamente a quienes se someten a las prescripciones de Su Evangelio. Él no añade a Su iglesia a quienes han obedecido a un evangelio diferente o humano (cf. Gálatas 1:6-9), ni añade a los que han obedecido a Su Evangelio legítimo a una iglesia establecida por voluntad humana.

Considere cuatro aspectos distintivos de la iglesia que Jesús estableció:

Su fundamento

En Mateo 16:18, Jesús prometió: «sobre esta roca edificaré mi iglesia». Ya que el verbo «edificaré» está en tiempo futuro, entonces se puede concluir que la iglesia no estaba constituida para el tiempo en que Jesús pronunció tales palabras. Él también indicó que la iglesia sería edificada sobre la «roca», la cual hace referencia a la confesión que Pedro justo había hecho en cuanto a Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16); es decir, la iglesia sería edificada sobre el fundamento o verdad que apunta a Jesús como Cristo y Señor (1 Corintios 3:11).

En Hechos 1, leemos que los apóstoles se quedaron en Jerusalén, esperando la promesa de Cristo para la recepción del Espíritu y el comienzo de la iglesia (vs. 8). Cuando llegó el día de Pentecostés (algo de cincuenta días después de la crucifixión de Jesús, ca. 33 d. C.), el Espíritu descendió sobre los apóstoles (Hechos 2:3-4), y Pedro, a quien Jesús había prometido dar las llaves del reino (Mateo 16:19), es decir, la oportunidad de dar la bienvenida al reino o la iglesia, comenzó a predicar el Evangelio de Cristo. Después de persuadir a su audiencia en cuanto a su culpabilidad en la muerte de Jesús, declaró que, «a este Jesús […], Dios le ha hecho Señor y Cristo» (vs. 36). Entonces, como Jesús había prometido (Mateo 16:18), esta confesión de Su mesiazgo y deidad (la misma confesión de Pedro en Mateo 16:16), llegó a ser la roca o fundamento para el comienzo de la iglesia. Ese mismo día Pedro presentó las condiciones del perdón y la entrada al reino o la iglesia (vs. 38), y más de tres mil personas recibieron la Palabra y fueron bautizadas y añadidas a la iglesia (vss. 41, 47). Esta es la primera vez en la Biblia que leemos de la existencia de la iglesia en tiempo presente.

¿Qué iglesia era esta? Jesús dijo: «edificaré mi iglesia» (Mateo 16:18), así que era la iglesia de Jesús. No era una denominación entre muchas otras denominaciones, ya que no había movimiento denominacional en el primer siglo. La iglesia era simplemente de Cristo (Romanos 16:16; 1 Corintios 1:2), y sus miembros fieles solamente se identificaban como «cristianos» (Hechos 11:26; 1 Pedro 4:16); no se identificaban con otros nombres humanos (cf. 1 Corintios 1:10-13). La iglesia de Cristo no comenzó en Roma, Alemania o los Estados Unidos, sino en Jerusalén (Hechos 1:4; 2:5, 14), como los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado (Isaías 2:2-3; 28:16; Miqueas 4:1-2). No comenzó en el siglo VII, XVI o XIX, sino en el primer siglo (aproximadamente el año 33 d. C.), así como las Escrituras y el Señor mismo habían profetizado (Daniel 2:44; Marcos 9:1).

Su organización

Cuando la iglesia comenzó, no tenía organizaciones o jerarquías complicadas; la iglesia era un cuerpo en que cada miembro tenía un nivel equitativo ante Dios (1 Corintios 3). La organización que Dios escogió para la iglesia es Cristo como la Cabeza única en el cielo y en la tierra, y todos los miembros como el cuerpo de Cristo (Efesios 1:20-23; 5:23).

Dios también estableció grupos de hombres en cada congregación, conocidos como «ancianos», «obispos» o «pastores» (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9), para que se encargaran de dirigir y alimentar espiritualmente a la iglesia. También estableció grupos de servidores especiales, conocidos como «diáconos» (1 Timoteo 3:8-13), para que trabajaran bajo la supervisión de los ancianos. Todos ellos, juntamente con los evangelistas y maestros, ayudaban a fortalecer el cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12).

La iglesia era un cuerpo sujeto a las instrucciones de Cristo. No tenía cabeza, sede o vicario humano que determinaba lo que debía creer y enseñar, sino solamente a Cristo y Su Palabra inspirada que es completamente suficiente para la perfección de los santos (2 Timoteo 3:16-17). No tenía congregaciones que imponían su autoridad sobre otras congregaciones, sino todas las congregaciones eran autónomas (cf. 1 Pedro 5:2) y estaban unidas entre ellas por el amor y la fe (1 Juan 1:7). No tenía un solo «pastor» que tomaba decisiones para toda la iglesia, sino una pluralidad de pastores (ancianos, obispos) que dirigían a la iglesia bajo la autoridad de Cristo (Hechos 14:23; Filipenses 1:1; Tito 1:5).

Su doctrina

En cuanto a su enseñanza, la iglesia tenía este lema: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios» (1 Pedro 4:11). Por ende, cualquier otra enseñanza ajena a la revelación sagrada era considerada una doctrina detestable (Gálatas 1:6-9; 2 Timoteo 4:1-3).

En cuanto a la salvación, la iglesia del Señor enseñaba que la gracia de Dios es el fundamento (Efesios 2:8-9), y que esta gracia demanda la respuesta obediente y sumisa del hombre (Romanos 1:5) ante los requisitos de salvación: la fe en Dios (Hebreos 11:1, 6), el arrepentimiento de los pecados (Hechos 2:38), la inmersión en agua (Marcos 16:16; Hechos 22:16; 1 Pedro 3:21), la confesión de Cristo (Romanos 10:9-10) y la fidelidad cristiana (Apocalipsis 2:10).

En cuanto a la adoración cristiana, la iglesia del Señor enseñaba que el Cielo requiere la oración (1 Timoteo 2:1-8), el canto vocal (Efesios 5:19), la conmemoración semanal del sacrificio de Cristo por medio de los elementos de la cena del Señor (Hechos 20:7), la enseñanza de las Escrituras sagradas (Hechos 2:42), y la contribución semanal para las necesidades de los santos (1 Corintios 16:1-2).

En cuanto al cristianismo mismo, la iglesia del Señor enseñaba que Jesús es el camino exclusivo al cielo (Juan 14:6), y que el cumplimiento de Sus mandamientos es la única manera de recibir Su aprobación en el Juicio final (Mateo 7:21). Esta iglesia no tenía credos, artículos de fe, catecismos o testamentos humanos en adición a las Escrituras, sino solamente la Palabra indestructible de Dios, la cual juzgará al final del tiempo (Juan 12:48).

Su moralidad

Aunque la iglesia del Señor estaba conformada de seres humanos imperfectos, y aunque en ocasiones los cristianos cometían pecados (cf. 1 Juan 1:8), ella no debía tolerar o practicar el pecado, sino debía reprenderlo (Efesios 5:11) y amonestar a sus miembros al arrepentimiento (2 Corintios 7:9), la confesión (1 Juan 1:9) y la práctica consecutiva de las virtudes cristianas (Gálatas 5:22-23; 2 Pedro 1:3-8).

El estándar moral de la iglesia no cambiaba según el capricho social, sino se basaba en la moralidad inmutable de las páginas de la Biblia. La iglesia creía y enseñaba que la homosexualidad (Romanos 1:26-27), el aborto (Proverbios 6:16-17) y el divorcio por cualquier razón (Mateo 19:9), entre otras cosas (Gálatas 5:19-21), eran pecados que prevenían la entrada al cielo (1 Corintios 6:9-11; Apocalipsis 21:7-8).

Su Fundador Se había entregado por ella para purificarla, santificarla y «presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante» (Efesios 5:25-27); por ende, ella debía seguir «la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14). Cuando una iglesia en el primer siglo toleró el pecado, el apóstol Pablo la reprendió severamente (1 Corintios 5). Cuando otra hizo lo mismo, el Señor resucitado le advirtió que castigaría duramente a los que no se arrepentían (Apocalipsis 2:20-23).

LA IGLESIA DE CRISTO: SU IMPORTANCIA

En vista de los hechos anteriores, es obvio que la iglesia tiene importancia profunda (a pesar de la declaración de mucha gente religiosa que sugiere que «no importa la iglesia de la cual sea parte»). De hecho, la Biblia confirma la importancia de la iglesia al indicar que

  • fue adquirida por la sangre preciosa de Cristo en la cruz (Hechos 20:28);

  • es el cuerpo de Cristo (Efesios 5:23), el cual Él sustenta y cuida (vs. 29);

  • es la esposa amada de Cristo, la cual Él protege y santifica (Efesios 5:25-27);

  • es la familia de Dios, a la cual Él ha adoptado y sobre la cual gobierna (Efesios 2:19);

  • tiene la responsabilidad solemne de defender y promover la verdad de Dios (1 Timoteo 3:15); y

  • está constituida de la totalidad de aquellos que se han sometido a Dios y que por ende han sido añadidos para salvación (Hechos 2:47; Efesios 5:23).

CONCLUSIÓN

Es claro que la iglesia del Nuevo Testamento, la iglesia que Cristo prometió edificar (Mateo 16:18), es diferente a la mayoría de las iglesias del mundo religioso moderno, y es claro que la iglesia tiene importancia vital y eterna. Los que han obedecido al Evangelio puro de Jesucristo, han llegado al cristianismo y ahora son parte de ella. En la iglesia, los cristianos gozan de toda bendición espiritual en Cristo (Efesios 1:3-14), pero también tienen funciones y responsabilidades solemnes. Ciertamente, ¡es un gran privilegio y bendición ser parte de la iglesia del Hijo amado de Dios, y toda persona debería desear ser parte de ella!

[1] «Iglesia», Diccionario de la lengua española, Real Academia Española, 2015, http://lema.rae.es/drae/?val=iglesia.

[2] Vea William E. Vine, «Asamblea», Vine: Diccionario expositivo de palabras del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento exhaustivo (Colombia: Caribe, 1999), 2:90-91.

[3] R. C. Lenski, El evangelio de San Mateo [St. Matthew’s gospel] (Minneapolis, MN: Augsburg, 1943), 627.