El Tesoro Perdurable

El Tesoro Perdurable

Recuerdo cuando era pequeña y oré a Dios: “Por favor, no envíes a Jesús a la Tierra pronto. ¡Hay muchas cosas que quiero hacer! No quiero que Jesús regrese todavía”. Yo tenía cinco o seis años cuando oré de tal manera; y al recordarlo, pienso: “¿Cómo pude no haber querido que Jesús regrese?”. La razón es que a esa edad, solamente me enfocaba en mi futuro físico. También puedo recordar la primera vez que oré: “Jesús, ¡ven pronto! Ya no quiero lidiar con las tentaciones. Quiero estar contigo”. Finalmente entendí el valor del cielo y quise estar allí, y entendí que mi futuro físico no me dará gozo eterno.

Las Riquezas Terrenales

Proverbios 27:24 dice: “Porque las riquezas no duran para siempre; ¿y será la corona para perpetuas generaciones?”. Sabemos que esto es cierto: las ropas se ensucian; las casas necesitan reparación. Incluso nuestros cuerpos envejecen, y algún día morirán. El tiempo no solamente destruye las riquezas, sino también las riquezas pueden ser arrebatadas. El agricultor rico de Lucas 12 obtuvo mucha cosecha y tuvo que construir graneros más grandes para almacenar su grano, pero al final Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma” (vs. 20). Jesús dijo: “Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (vs. 21). Claramente no podemos confiar en cosas tan pasajeras.

Las Riquezas Celestiales

Pero también vemos que las riquezas en el cielo son perdurables: “sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mateo 6:20). Nuestro hogar no está en la Tierra, como 2 Corintios 5:1 dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos”.

La Adquisición de Riquezas Celestiales

¿Pero cómo podemos hacer tesoros celestiales? A través del sacrificio de Jesús: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9). Cristo renunció al cielo, donde cada ángel Le adoraba, para experimentar la humillación de la humanidad y sufrir una muerte agonizante por nosotros. Pero Su sacrificio por nosotros es en vano si no respondemos adecuadamente. Jesús dijo en Juan 15:10: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”.

Debemos asegurarnos que nuestras vidas reflejen la vida de Jesús. También hay algunos puntos prácticos que podemos aprender de 1 Timoteo 6:17-19: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”.

Las riquezas terrenales no durarán; son perecederas. Solamente hay una recompensa que perdurará: el cielo. Si hacemos tesoros en el cielo y obedecemos los mandamientos de Jesucristo, iremos a ese hogar eterno. Cristo renunció a Sus propias riquezas y Su propia vida para que nosotros podamos tener esa oportunidad. ¿Le seguirás?

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