Una Parábola de Dos Predicadores

Cindy Colley

Acabo de experimentar un fenómeno interesante. Esto nunca me ha pasado antes, pero accidentalmente escuché a dos predicadores diferentes que predicaron el mismo bosquejo. Ambos sermones habían sido distribuidos en disco compacto. Ambos sermones eran muy doctrinales. El contenido era casi el mismo. Los pasajes citados eran casi idénticos. Pero todavía había gran diferencia.

Usted puede estar pensando cómo era esto posible. Yo también me preguntaba lo mismo. Cuando me di cuenta que estaba escuchando el mismo mensaje que había escuchado de otro predicador hace algunos días, pensé que probablemente necesitaba cambiar de disco y buscar algo nuevo. Pero continué escuchando, ya que la presentación era completamente diferente—no en el significado, claridad o solidez escritural.

Uno de los predicadores era calmado, aunque determinado en su tono; el otro era militante y furioso—algunas veces casi gritaba. El primero era sensible en cuanto a aquellos que tenían antecedentes diferentes; el otro hablaba en un tono de voz que reprendía inflexiblemente. El primero comenzó expresando amor para los que tenían antecedentes religiosos diferentes; el segundo comenzó enfatizando la controversia en el tema. Ambos eran mensajes bíblicos y claros. Pero la presentación del primero me hizo desear compartirlo con mis amigos no-cristianos; la presentación del segundo me hizo esperar que ellos no lo oyeran.

¿Cuál es el punto? Quiero ser cuidadosa como un vaso que es tan bendecida para llevar el Evangelio a las mujeres a través de diferentes medios. Los vasos no son nada más que recipientes vacíos hasta que se los llene de algo (2 Corintios 4:5-7). El “algo” en mí es las buenas nuevas. Si el “algo” en mí fuera buenas nuevas en cuanto a finanzas, moda, tratamientos médicos o ecología, entonces no sería tan importante la clase de vaso que fuera. Pero se debe portar las buenas nuevas en vasos que no distraigan la atención de su contenido. Es mi deseo que nunca exhiba intolerancia, burla o desprecio cuando presente el mensaje. Mi meta siempre es ganar almas y no simplemente argumentos. Es mi deseo que mi tono sea claro y firme, pero siempre compasivo (Efesios 4:15). Es mi deseo no usurpar el poder de la cruz, sino permitir que la gracia de Cristo enseña a la gente a vivir justamente y piadosamente (Tito 2:11-12). En los versículos previos a este pasaje en Tito 2, se llama a los siervos a ser fieles para que “en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (vs. 10). Mi deseo es adornar la doctrina que enseño. Mi deseo es que siempre enseñe la verdad, pero que lo haga de una manera que motive a mis hermanas cristianas a traer a sus amigas no-cristianas para escuchar la doctrina de Cristo. Es mi deseo que al final del día la gente se olvide de mí y recuerde a Él.

Muchas veces me hago recordar que no quiero que mis hijos me obedezcan porque les grito. Quiero que me obedezcan porque soy su “mamá”. Recordé esta máxima mientras escuchaba el segundo disco: No quiero que las mujeres que enseño obedezcan al Señor y lleguen a ser parte de Su iglesia porque estoy “gritando” el mensaje. De hecho, es muy probable que no lo hagan. Quiero que lleguen a ser parte de Su iglesia porque están perdidas fuera de ella.

[Título original en inglés, “A Tale of Two Preachers”, en Bless Your Heart, febrero de 2011. Traducción editada con permiso].