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¡Su Casa Se Quema!

Nos estremecemos al pensar que un día podemos recibir una llamada desesperada: “¡Su casa se quema!”. ¿Qué pasaría a través de nuestras mentes? ¿Qué acción inmediata tomaríamos? Tal vez una mejor pregunta sea: “¿Qué pasos preventivos ya hemos tomado?”.

Un día todas las casas en la Tierra serán quemadas—incluyendo la nuestra si tenemos una en ese momento. Nadie puede marcar ese día en el calendario, pero será el último día del mundo (cf. Mateo 24:36). Esto es tan seguro como la reputación del Dios eterno:

Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas (2 Pedro 3:10).

Al considerar esto, deberíamos preguntarnos.

¿Estoy asegurado?

Una de las primeras preguntas que se hacen cuando una casa se quema es: “¿Estuvieron asegurados?”. Queremos saber si la gente tendrá algún dinero para “comenzar otra vez” y reconstruir su hogar. Saber que hay esperanza para el mañana disminuye el dolor presente.

Aunque es importante un seguro de vivienda, deberíamos estar más preocupados del “seguro contra incendio” espiritual. Los que no están asegurados enfrentarán la ira de Cristo cuando venga “en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio” (2 Tesalonicenses 1:8). El fuego no afectará a los cristianos, ya que ellos tienen “seguro contra incendios”.

El hombre rico no lo tenía, y levantó sus ojos en las llamas de fuego de tormento (Lucas 16:19-31). La Biblia hace referencia al infierno como un lago de fuego (Apocalipsis 20:14), un horno de fuego (Mateo 13:42) y el bautismo de fuego (Mateo 3:11). Jesús hizo referencia a este lugar como “el fuego que no se apaga” cinco veces en tres oraciones (Marcos 9:43-48). En un pasaje para meditar, dijo: “Porque todos serán salados con fuego” (Marcos 9:49).

Jesús dijo que ningún costo es demasiado grande para obtener este seguro:

Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado… Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado… Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno (Marcos 9:43-47).

Él no estaba hablando de mutilar literalmente el cuerpo, lo cual sería un pecado (1 Corintios 6:19-20); estaba hablando en términos exagerados para enfatizar al incrédulo la seriedad de evitar el infierno.

¿Tengo otro lugar dónde vivir?

Una preocupación inmediata para las familias dejadas sin hogar es: “¿Dónde viviremos?”. Usualmente sus familiares o amigos les dan la bienvenida en sus hogares. En la carencia de esto, una iglesia o el gobierno proveerá vivienda temporal.

Cuando la Tierra arda en llamas, ¿dónde viviremos? Jesús ha prometido a Su pueblo un lugar para vivir—¡y esto no será un departamento temporal! Él dijo:

En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis (Juan 14:2-3).

Pablo estaba seguro que tendría una morada futura:

Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos (2 Corintios 5:1).

¿Ha hecho reservaciones para un lugar dónde vivir después de esta vida? (1 Pedro 1:4; cf. Mateo 7:13-14,21-23). Si no lo ha hecho, el diablo le reservará un lugar en su “casa de huéspedes” (2 Pedro 2:4,9,17; 3:7; Judas 6,13). Este no es un lugar ideal—el termostato de la calefacción está atorado en la programación más alta, no hay agua para tomar, los vecinos son terribles y nunca puede salir de allí. ¿Por qué no tener su nombre escrito en la lista del cielo ahora al obedecer el Evangelio (cf. Filipenses 4:3; Apocalipsis 20:12; Hechos 2:38)?

¿Perderé todo?

Generalmente preguntamos a los que han sufrido un incendio: “¿Han perdido todo?”. Cuando la Tierra arda en llamas, muchos perderán todo por lo cual han trabajado y vivido. El agricultor rico perdió todo. Había construido graneros más grandes en los cuales almacenar cosechas mayores, pero no había enviado nada con anticipación al lugar a donde se estaba mudando. No era “rico para con Dios” (Lucas 12:16-21). Dios le hizo una pregunta profunda: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Lucas 12:20). ¿Qué beneficio eran los graneros grandes para él si no podía tener acceso a ellos?

No necesitamos perder nada de importancia vital en el “incendio” final de nuestra casa, ya que podemos poner todo lo que es valioso en un lugar seguro. Podemos guardar nuestros tesoros donde los ladrones no pueden obtenerlos, los incendios no pueden consumirlos, el tiempo y los elementos severos no pueden desfigurarlos, y donde nunca tendremos que dejarlos atrás. Esa caja de seguridad se llama “el cielo” (Mateo 6:19-20). Pablo escribió:

Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Colosenses 3:1-2).

¿Escapará mi familia?

Perder posesiones es algo serio, pero esa pérdida es insignificante en comparación a perder seres queridos. Nuestros corazones se conmueven con aquellos que han perdido hijos y esposos amados. ¿Pero qué pasará cuando el incendio que destruirá el mundo haya ocurrido? ¿Sobrevivirán nuestras familias?

Alguien dijo: “Usted no puede ir al cielo solo, y no irá al infierno solo”. Nosotros influenciamos a otros, y usualmente influenciamos más a aquellos que amamos más (Mateo 5:14-16). El hecho que nuestros esposos e hijos vayan al cielo depende grandemente de nuestra influencia.

Muchos no escatimarían el costo o esfuerzo para salvar a un familiar de un edificio en llamas, pero esas mismas personas realizan esfuerzos débiles y mediocres para salvar sus almas de la destrucción eterna. Cada uno de nosotros debe preguntarse: “¿Estoy haciendo todo lo que puedo por llevar a mi familia al cielo?”. Puede llegar el tiempo cuando no haya nada que podamos hacer, ¿pero hemos llegado a ese punto? ¿Hay otra invitación que podamos extender, otra conversación de corazón-a-corazón que podamos tener, otro estudio bíblico que podamos dirigir, otro folleto que podamos dar, otra visita que podamos hacer, otra llamada que podamos atender u otra oración que podamos ofrecer?

Su casa no está en llamas—todavía. ¿Estará listo cuando la Tierra sea destruida por el fuego?