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“Muéstranos el Padre”

Felipe, un discípulo de Jesús, una vez pidió al Salvador, “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta”. Jesús respondió con una reprensión leve, “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?” (Juan 14:8-9). De hecho, ver a Jesús era ver al Padre. Después de todo, Él era Dios en la carne (Juan 1:14). Todo el que desea ver la naturaleza y el carácter de Dios, solamente necesita ver a Jesucristo. Él es nuestro ejemplo perfecto en sufrimiento (1 Pedro 2:21) y en cada otra área de nuestras vidas. Los predicadores del Evangelio entienden la importancia de la exégesis adecuada de la Escritura para determinar el significado correcto de un pasaje. Hacer una exégesis significa “guiar fuera”, a diferencia de una eiségesis, que significa “guiar dentro”. Según Juan 1:18, “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. Esto significa que Jesús hizo una “exégesis” del Padre para el hombre.

Ya que los cristianos del Nuevo Testamento hemos sido adoptados en la familia divina de Dios (Efesios 1:5), tenemos la responsabilidad de mostrar las características de nuestro Padre celestial. Nosotros somos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Especialmente en el hogar, los niños deberían poder ver a Dios a través de las vidas de sus padres. En un sentido real, nuestros hijos claman, “Muéstrennos al Padre”. ¿Por qué están desanimados, desalentados y desesperados tantos jovencitos? Cristo no está siendo exaltado y ejemplificado en el hogar. La mayoría de padres ha fallado miserablemente en esta área. Las actitudes de los hijos en cuanto a Dios dependen mucho en las madres y los padres. ¿Cómo entonces pueden los padres mostrar a sus hijos al Padre?

Los padres deben amar a sus hijos. En el contexto de la crianza de los hijos, Dios dijo a los padres de Israel, “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5). No se puede amar adecuadamente a los hijos si no se ama a Dios. Por otra parte, si alguien ama a Dios, amará a sus hijos adecuadamente. Mostramos al Padre cuando amamos a nuestros hijos a través de la conversación. Nuestras palabras deben estar llenas de bondad, ánimo e interés. Tengamos consideración de nuestros hijos, teniendo en cuenta que ellos no son “mini adultos”. Un niño de 10 años declaró, “Los adultos están hablando siempre de lo que hacían y sabían cuando tenían 10 años, pero nunca piensan cómo era tener 10 años”. Demostramos el amor del Padre a nuestros hijos a través de nuestro compromiso. La mayor seguridad que un niño puede tener es ver que sus padres se aman entre ellos. Igualmente, “compromiso” significa tomar tiempo para enseñar a nuestros hijos, como también, jugar y disfrutar nuestro tiempo juntos (Efesios 5:16). Sobre todo, los padres deben amar las almas de sus hijos (Marcos 8:36). Aunque Noé no salvó a todo el mundo antiguo, salvó a su familia.

Los padres deben disciplinar a sus hijos. “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Los padres no hacen ningún bien a sus hijos cuando rechazan corregirlos. ¿Por qué disciplina Dios a Sus hijos? Él ama a Sus hijos y se interesa por el carácter de ellos (Hebreos 12:10). Es cierto que los verdaderos padres nunca deben ser abusivos o demasiado severos para no exasperar a sus hijos o guiarlos a la rebeldía. Al llegar a los 16 años, un jovencito preguntó a su padre: “Señor, ¿Puedo recibir libertad honorable de su pelotón?”. La disciplina es una herramienta de enseñanza para los hijos, no un medio por el cual los padres descargan su frustración. La disciplina adecuada puede incluir simplemente decir “no” a las demandas de un niño, negar un privilegio de salida y algunas veces, un buen castigo corporal (Proverbios 23:13). La disciplina es una parte especial del programa de Dios para la instrucción de los hijos (Proverbios 22:6).

Los padres pueden proveer un ejemplo adecuado. Jesús fue el ejemplo perfecto del Padre. Aunque no somos perfectos, tratemos de ser el mejor ejemplo de Jesús ante nuestros hijos. Los niños son perspicaces. Ellos pueden notar el fingimiento rápidamente. Asegurémonos que nuestras acciones estén en armonía con el mensaje que enseñamos. Yo oro para que cuando mi vida termine en la tierra, mis hijos puedan decir, “El hombre que vimos en el púlpito fue el mismo hombre que vimos en el hogar”.