La Fe, la Evidencia y el Testimonio Creíble

Eric Lyons

Puede ser una sorpresa para algunos descubrir que Tomás no fue el único “discípulo incrédulo” después de la resurrección de Jesús. ¿Recuerda lo que pasó cuando María Magdalena, la primera persona a quien Jesús apareció después de Su resurrección, fue a avisar a los apóstoles desconsolados en cuanto a la tumba vacía y la resurrección de Jesus? Cuando los apóstoles “oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron” (Marcos 16:11, énfasis añadido). Según Lucas, las palabras de María Magdalena y las mujeres que le acompañaban parecía “locura” a los apóstoles (24:11). Luego, cuando los dos discípulos en el camino a Emaús reportaron a los apóstoles que Jesús también les había aparecido, los apóstoles “ni aun a ellos creyeron” (Marcos 16:13). Cuando Jesús finalmente apareció a los apóstoles (sin incluir a Tomás) la noche de Su resurrección (Juan 20:19), les cuestionó sus “dudas” (Lucas 24:38), y “les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado” (Marcos 16:14). Luego, cuando Jesús apareció a los apóstoles ocho días después, estaba vez estando Tomás presente, instruyó a Tomás a no ser “incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

Los que estuvieron más cerca de Jesús durante Su ministerio inicialmente dudaron de Su resurrección y fueron reprendidos justificablemente por su incredulidad. Aunque muchos de nosotros probablemente hubiéramos sido culpables de las mismas dudas, los apóstoles debían haber creído el testimonio de María Magdalena tan pronto como ella testificara de la tumba vacía y el Salvador resucitado. [Sin embargo, los creyentes modernos deben tener cuidado de no malentender las reprensiones de Jesús como un fomento de la noción popular que el cristianismo está basado en los sentimientos cuando no hay evidencia o cuando supuestamente la evidencia no es necesaria].

LA EVIDENCIA

Ya que la Biblia testifica repetitivamente que la fe cristiana está basada en la verdad, el razonamiento, el conocimiento y la evidencia (Romanos 1:20; Salmos 19:1-4; Juan 5:31-47; Hechos 1:3; 26:25), algunos se preguntan por qué Jesús reprendió a los apóstoles por dudar de Su resurrección antes de verle vivo (Marcos 16:14; cf. Lucas 24:38). ¿Esperaba Jesús que Sus apóstoles tuvieran fe en Su resurrección sin prueba? ¿Y por qué dijo Jesús a Tomás, “[B]ienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29)? ¿Estuvo Jesús elogiando una fe inverificable e inconstante?

Lo cierto es que ni Tomás ni ningún otro apóstol fue reprendido por querer evidencia de la resurrección de Jesús. Sin embargo, se les reprendió (1) por dudar de la evidencia creíble que ya habían recibido, y (2) por demandar más evidencia que la suficiente para que ellos tuvieran fe sólida en la resurrección del Señor.

Las Profecías

El mismo Hombre a Quien Pedro confesó que era “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16); el mismo Hombre a Quien los apóstoles habían visto resucitar a Lázaro (Juan 11:43-44); el mismo Hombre a Quien vieron transfigurado (Mateo 17:5-9); el mismo Hombre Quien había realizado milagros impresionantes delante de ellos (Juan 20:30); el mismo Hombre Quien había predicho la triple negación de Pedro (Mateo 26:34,75); el mismo Hombre Quien había profetizado de manera exacta Su propia traición, sufrimiento y crucifixión (Mateo 20:18-19); ese mismo Hombre profetizó repetitivamente Su resurrección, prediciendo incluso el mismo día cuando esto ocurriría (Mateo 12:40; 16:21; 17:22-23; 20:18-19; 26:32; Juan 2:19). Tan conocidas eran las profecías de Jesús en cuanto a Su resurrección que incluso Sus enemigos estaban familiarizados con ellas. De hecho, “se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten” (Mateo 27:62-64).

Entonces, ¿por qué Jesús reprendió a Sus apóstoles por su incredulidad después de Su resurrección? ¿Estuvo implicando que ellos debían haberse comportado como tontos y debían haber creído lo que sea? (“El simple todo lo cree; mas el avisado mira bien sus pasos”—Proverbios 14:15). Absolutamente no. Jesús tuvo derecho a reprender la incredulidad de Sus discípulos, principalmente, porque ellos rechazaron creer Su Palabra (cf. Romanos 10:17). Ellos le habían visto levantar a los muertos. Habían atestiguado Su vida perfecta. Habían escuchado Sus palabras perdurables de verdad, incluyendo Sus profecías frecuentes sobre varias cosas—Su traición, arresto, azotamiento y crucifixión. Ellos tenían razón lógica para creer lo que Jesús había profetizado en cuanto a Su resurrección. Todo lo que habían visto y escuchado de Jesús era puro, justo y verdadero. No obstante, en vez de esperar a un Redentor resucitado el domingo en la mañana, tal idea les parecía “locura” (Lucas 24:11, énfasis añadido). En vez de viajar a Galilea y buscar al Señor vivo tan pronto como el Sol se levantara al tercer día (Mateo 26:32), ellos permanecieron en Jerusalén en puertas cerradas “por miedo de los judíos” (Juan 20:19).

Jesús quería que Sus discípulos entendieran en cuanto a Su muerte y resurrección. Él les dijo: “Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras; porque acontecerá que el Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres” (Lucas 9:44, énfasis añadido). Él quería que ellos tuvieran fe sincera, fuerte y basada en la evidencia. Tristemente, el miedo, las ideas preconcebidas en cuanto al Mesías y Su reino y la ceguera espiritual (Lucas 9:44; cf. 2 Corintios 4:4) estorbaron inicialmente la creencia de los apóstoles en la resurrección.

El Testimonio Creíble

Cuando Jesús dijo a Tomás, “[B]ienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29), ¿estuvo aprobando la fe despreocupada? ¿Estuvo proponiendo la idea de una religión basada en las emociones? ¿Deberíamos esperar que los cristianos que viven 2,000 años después de la resurrección de Cristo tengan fe razonable en el Salvador resucitado? Si a diferencia de Tomás y el resto de los apóstoles, Jesús nunca se nos apareció a nosotros, ¿cómo podemos tener fe basada en los hechos?

El mismo Dios que espera que Su creación humana examine la evidencia y llegue al conocimiento de Él sin verle literalmente, es el mismo Dios que espera que el hombre siga los hechos que guían al Redentor resucitado sin haber visto personalmente Su resurrección. Nadie cree en Dios ya que puede ponerle en el microscopio y mirarle. Nadie puede probar que Él existe al tocarle. No podemos usar nuestros cinco sentidos y probar la esencia real de Dios (cf. Juan 4:24; Lucas 24:39). Sin embargo, lo que tenemos a nuestro alcance es una montaña de evidencia creíble que testifica a favor de Dios. La misma naturaleza de una materia finita testifica de un Creador sobrenatural y eterno. Los ejemplos interminables de diseño en el Universo atestiguan de un gran Diseñador. Las leyes de la ciencia (e.g., la Ley de la Biogénesis) testifican de la existencia de Dios.

De igual manera, la fe razonable en la resurrección de Jesús se basa en una montaña de testimonio creíble. Así como el testimonio creíble (y el conocimiento indirecto) ha guiado a miles de millones a creer justificablemente que Alejandro el Grande, Napoleón y George Washington fueron personas reales, millones de cristianos han llegado a la conclusión lógica que Jesús se levantó de los muertos. El documento más histórico y fidedigno en el mundo—el Nuevo Testamento—contiene relatos de testigos de casi 2,000 años atrás en cuanto a la resurrección de Jesús. El evento fue profetizado en el Antiguo Testamento (Salmos 16:10; cf. Jonás 1:17-2:20 con Mateo 12:40). Aunque se tomaron pasos preventivos para conservar el cuerpo muerto de Jesús en la tumba (Mateo 27:62-66), la tumba estuvo vacía el día exacto que Él prometió que se levantaría. Nunca se encontró el cuerpo de Cristo (y sin duda, a los escépticos del primer siglo, especialmente a los judíos impenitentes que le dieron muerte, les hubiera gustado presentar el cuerpo muerto de Jesús a los cristianos antiguos).

Los cristianos que una vez estuvieron temerosos y fueron incrédulos, rápidamente se transformaron en un grupo de cristianos valientes y confiados que finalmente murieron por su creencia continua y sus enseñanzas en cuanto al Señor resucitado. Cientos de cristianos antiguos testificaron haber visto a Jesús personalmente después de Su resurrección (1 Corintios 15:5-8). Miles de judíos que una vez fueron escépticos, de los cuales uno fue Saulo de Tarso, examinaron la evidencia, dejaron el judaísmo y confesaron a Jesucristo como el Hijo de Dios (Hechos 2:41-47; 4:4; 5:14; 6:7; 21:20). Además, estos mismos judíos cambiaron su día de adoración del sábado al domingo (Hechos 20:7; 1 Corintios 16:1-2). Como en el caso de la evidencia para la existencia de Dios o la inspiración de la Biblia, el testimonio creíble es una parte principal de la fe fortificada.

CONCLUSIÓN

Jesús reprendió con razón a Sus apóstoles después de Su resurrección. Ellos deberían haber creído a María Magdalena ya que ella era un testigo creíble que no había dicho nada más de lo que el Hijo de Dios había dicho previamente y repetitivamente: El Cristo resucitaría en el tercer día después de Su muerte. Además, la bendición que Jesús mencionó al apóstol Tomás (“[B]ienaventurados los que no vieron, y creyeron”—Juan 20:29) no fue una aprobación de una religión ciega basada en las emociones, sino fue la aprobación del Cielo para aquellos que aceptan la evidencia creíble que guía a la mente perspicaz a confesar a Jesús como “Señor y Dios”.


Título original en inglés, “Faith, Evidence, and Credible Testimony”, en Reason & Revelation Resources, 31[12]:125,128. Traducción editada por Moisés Pinedo.