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El Sacrificio Perfecto de Cristo y la Vida Cristiana

Cuando el Nuevo Testamento aborda el sacrificio de Cristo en la cruz, enfatiza repetidamente su naturaleza perfecta. El apóstol Pedro señaló que fuimos rescatados con “la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). El escritor de Hebreos hizo referencia al sacerdocio de Cristo con las siguientes palabras: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (7:26).

Sin embargo, en vista del fracaso moral extendido y perpetuo de la humanidad (cf. Salmos 53; Romanos 3), el entendimiento de algunos de la naturaleza santa y perfecta del sacrificio de Cristo puede llegar a contaminarse. Algunos, incluso en la iglesia del Señor, pueden llegar a pensar que la impecabilidad absoluta en cuanto a la vida y sacrificio de Cristo es una esperanza ilusoria, una creencia ingenua que debe ser descartada.

Cuando era un estudiante de Biblia de 20 años, uno de mis profesores interinos se puso en frente de la clase para compartir su entendimiento de la “vida y sacrificio de Cristo”. Yo no estaba preparado para lo que estaba a punto de oír de alguien a quien admiraba por su habilidad pedagógica. Él pronto informó a la clase de lo que por mucho tiempo he considerado como una de las blasfemias más execrables contra el Creador del cristianismo. La expresión vernácula que él usó en tal ocasión no es digna de repetición, así que una cita textual no es bienvenida en ningún escrito reverente. Basta decir que tal maestro sugirió a la clase que era ingenuo creer que ningún pensamiento malo alguna vez cruzara la mente del Hijo de Dios. Él enfatizó su punto al decir que no hubiera sido inusual que Jesús experimentara una erección al mirar a una joven del sexo opuesto.

Yo casi no pude creer lo que estaba escuchando. Desde luego, tal enunciado profano y desafortunado era digno de la reprensión más severa. Pero probablemente como en el caso del resto de mi clase, mi discernimiento lógico y bíblico pobre, juntamente con mi debilidad de carácter, evitaron que objetara.

¿Qué había guiado a tal maestro a hacer esa declaración condenable? ¿Y qué había guiado a un grupo de estudiantes de Biblia a ingerir tal enunciado sin ofrecer resistencia? Sin duda, la raíz del problema tenía que ver con el fracaso (sea intencional o involuntario) de no considerar las implicaciones de la naturaleza del sacrificio de Cristo como la Biblia lo presenta.

EL REQUERIMIENTO DIVINO

La Biblia propone irrefutablemente el concepto de la impecabilidad absoluta de la vida y sacrificio de Cristo. Aunque la humanidad en general ha sucumbido al dominio del pecado (Romanos 3:23), la vida y sacrificio de Cristo es el contraste y excepción a la regla. De hecho, el plan divino para la salvación de la humanidad pecadora requería la perfección absoluta del sacrificio. Esta verdad innegable es aparente al considerar los siguientes puntos:

  • El cordero de la Pascua, cuya sangre debía ser derramada para la preservación del pueblo de Dios, no debía tener defecto (Éxodo 12:5). Esta perfección física prefiguraba la perfección espiritual que Cristo, “nuestra pascua”, tendría (1 Corintios 5:7).
  • Los panes que debían ser consumidos durante esta misma celebración debían de carecer de levadura (Éxodo 12:8). Este requerimiento era tan estricto que los infractores debían ser cortados del pueblo de Dios (vs. 15). Otra vez, la ausencia de levadura denotaba la ausencia de pecado en el sacrificio de la Pascua a Jehová (1 Corintios 5:6-8; cf. Marcos 8:15; Lucas 12:1).
  • Las vestiduras de los sacerdotes, especialmente del sumo sacerdote, requerían la pureza futura perfecta del gran Sumo Sacerdote divino (Hebreos 5:4-6). Estos vestuarios sacerdotales, juntamente con todos sus accesorios sagrados, eran un testimonio a la santidad de Dios (Éxodo 28:2,36).
  • La consagración y la purificación sacerdotal (Éxodo 29; Levítico 8) apuntaban a la santidad insuperable de Cristo, Quien no tuvo necesidad de ofrecer sacrificios por Sí mismo, sino que se ofreció a Sí mismo como la ofrenda perfecta (Hebreos 9:7-14).
  • La ofrenda por el pecado requería perfección estricta. El animal de la expiación no debía tener defecto (Levítico 4:3,23,28,32; 5:15,18). En el Nuevo Testamento, Cristo es esa ofrenda por el pecado (Hebreos 9:26).

Estas figuras y sombras del Antiguo Testamento subrayan el hecho que el pecado invalidaba cualquier esfuerzo del hombre pecador de alcanzar la salvación por sí mismo (Isaías 59:1-2). El Cielo requería un sacrificio exento de pecado, ya que el pecado no podía expiar el pecado. Una víctima inocente, perfecta y libre de pecado era la solución de Dios para la justificación del hombre. Tal justificación fue lograda eficazmente en la vida y sacrificio perfecto del Hijo de Dios (Romanos 5:8).

LAS ENSEÑANZAS DE CRISTO

¿Consideraría el Hijo santo de Dios la mirada lasciva como un acto trivial y tolerable delante del Padre de santidad (Isaías 6:3)? Aunque Job no estuvo exento de pecado, este patriarca “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1), entendió la naturaleza condenable de la lascivia, e hizo un pacto con sus ojos para no codiciar a ninguna mujer (Job 31:1). Cualquier estudiante con conocimiento básico de la Biblia concluiría que el Hijo de Dios no pudiera sostener un enfoque menos estricto.

Jesús juzgó los “pecados pasivos” tanto como los “pecados activos”, así que condenó el misticismo externo carente de piedad interna (cf. Mateo 23). En Mateo 5:27-30, declaró:

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

Jesús consideró la lascivia como un pecado tan grave que ocasionaría la destrucción eterna del infractor impenitente. Enfatizó la gravedad al sugerir figurativamente que cualquier pérdida física sería un pago insignificante en el esfuerzo por evitar tal pecado. Aunque esta declaración no promueve la automutilación (cf. 1 Corintios 6:19), destaca la instrucción que los cristianos deben evitar cualquier situación que les guíe a pecar con sus miembros (cf. Salmos 101:3).

Jesús prometió a Sus apóstoles que el Espíritu Santo les haría recordar las cosas que Él les había enseñado (Juan 14:26). Cuando el Espíritu Santo finalmente fue enviado e inspiró a los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento, ellos recordaron las enseñanzas de Jesús y amonestaron a hacer morir la impureza, las pasiones desordenadas y los malos deseos (Colosenses 3:5); pensar en todo lo que es puro (Filipenses 4:8); evitar las codicias necias y dañosas (1 Timoteo 6:9); ser santos como Dios es santo (1 Pedro 1:16); cuidarse de aquellos que tienen ojos llenos de adulterio, que no se cansan de pecar, que seducen a las almas inconstantes y que tienen el corazón habituado a la codicia (2 Pedro 2:14); y no satisfacer los deseos de los ojos (1 Juan 2:16).

Después de considerar estas enseñanzas, la única conclusión saludable y consistente a la cual se puede llegar es que el sacrificio y la vida de Cristo reflejan la perfección y santidad de tales enseñanzas plasmadas en la santa Palabra de Dios.

EL TESTIMONIO BÍBLICO

Hay un aspecto omitido en el Nuevo Testamento que sostiene de manera interesante la santidad perfecta del Hijo de Dios. Aunque Jesús enseñó a Sus discípulos a orar, “Y perdónanos nuestros pecados” (Lucas 11:4), Sus propias oraciones carecieron consistentemente de esta cláusula penitente. ¿Por qué? Porque Él “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15, énfasis añadido). Los siervos más piadosos de Dios reconocieron sus pecados y oraron por perdón (e.g., Nehemías 1:6; 2 Samuel 12:13; Isaías 6:5), pero Jesús nunca reconoció pecado personal ni oró por perdón personal. Como nuestro Sumo Sacerdote perfecto, “no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados” (Hebreos 7:27, énfasis añadido).

Los muchos testimonios inspirados se suman al silencio escritural para crear un caso irrefutable de la naturaleza santa y perfecta de Jesús. El apóstol Pedro, quien por tres años atestiguó la santidad impecable de su Maestro, escribió que Cristo nos dejó “ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:21-23). La santidad excelente de Cristo incluso evitó que profiriera engaño, maldición justa o amenaza desafiante; en cambio, Le guió a orar por Sus enemigos (Lucas 23:34).

Los escritores inspirados (Salmos 16:10; Hechos 2:27; 3:14; 13:35), los ángeles de Dios (Lucas 1:35) e incluso los demonios impuros (Marcos 1:24) reconocieron a Jesús como el “Santo” de Dios. Jesús mismo reconoció Su santidad (Apocalipsis 3:7). Él es el perfeccionador de los santificados (Hebreos 10:14,21-22). Y un día Su santidad será un aspecto fundamental por el cual se Le dará “la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5:13; Filipenses 2:1-11).

Ciertamente, el testimonio bíblico evidencia que la vida y sacrificio interno y externo de Jesús fue un ofrecimiento “sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14).

LA REPERCUSIÓN CRISTIANA

Pero ¿cuál es la aplicación práctica que tiene el sacrificio perfecto de Cristo en la vida cristiana? Ya que Su sacrificio fue excelente, santo y sublime, entonces los cristianos debemos acercarnos a Dios “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:22). ¡La pureza de la vida y sacrificio de Cristo demanda la pureza de la vida y sacrificio de Sus seguidores (Romanos 12:1-2)!

Dos perspectivas erróneas están guiando a algunos a rechazar la perfección de Cristo. Algunos cristianos han escogido considerar a Jesús a través de los lentes contaminados de la falsa doctrina. Según un concepto anti-bíblico popular, se enseña que una vez que alguien es escogido para salvación, siempre permanecerá en el estado de salvación. Se dice que tal persona o personas “no pueden caer totalmente ni finalmente del estado de la gracia” (La Confesión..., 1646, p. 15). Esta doctrina no tiene fundamento bíblico (cf. Hebreos 10:26,38-39; Apocalipsis 2:10; Webster, 2012), sino promueve la vida licenciosa, suprimiendo la necesidad y aspiración de santidad cristiana.

Otros han escogido considerar a Jesús a través de los lentes contaminados de sus propias vidas. Tales lentes no les permiten ver con claridad la santidad perfecta de Cristo, e impiden el esfuerzo espiritual a favor de la excelencia de la santidad. Obviamente, este fue el problema que distorsionó la perspectiva de mi maestro (mencionado al comienzo de este artículo) en cuanto a la vida y sacrificio de Jesús. Su complacencia con la lascivia como una actividad tolerable le había guiado a inventar un “Salvador” a su propia imagen e indulgencia. Años después me enteré que, aunque estaba casado, este mismo maestro estaba tratando de seducir a una joven cristiana. Tristemente, su mirada habituada a la sensualidad (cf. 2 Pedro 2:14) no le permitía ver la luz de la santidad de Cristo. [Hoy muchos cometen este error cuando permiten que la tolerancia moral en sus vidas dicte lo que la Biblia enseña. Algunos que están habituados al alcohol, leen “alcohol” cada vez que consideran el primer milagro de Jesús (Juan 2; cf. Jackson, 2011). Otros que se han involucrado en el estilo de vida homosexual, fantasean pensando que David y Jonatán pudieron haber tenido una relación homosexual (1 Samuel 20; cf. Levítico 18:22; Romanos 1:26-27)].

CONCLUSIÓN

La cualidad más singular del Dios del cristianismo (y que se encuentra en crudo contraste con cualquier “deidad” que el paganismo haya concebido) es Su santidad (cf. Éxodo 15:11). Él es “Santo, santo, santo” (Isaías 6:3). Tal santidad se expresó de manera maravillosa en la vida y sacrificio del Hijo. Tal santidad fue registrada satisfactoriamente y abundantemente por los escritores inspirados por el Espíritu Santo. Y tal santidad demanda conformidad cristiana con los estándares divinos de santidad (1 Pedro 1:16).

La santidad no es opción para el cristiano, sino un mandamiento. Aunque como humanos podemos sucumbir en un momento de debilidad, ningún cristiano tiene la libertad de renunciar al ejercicio y desarrollo de la santidad (1 Juan 1:5-7). Cualquier estándar que minimice la calidad y perfección de la vida y sacrificio de Cristo y entorpezca la búsqueda de santidad es un modelo defectuoso y eternamente peligroso. Como hijos de un Dios santo, sigamos “la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

Referencias

La Confesión de Fe de Westminster [The Westminster Confession of Faith] (1646), Asamblea de Divinidad de Westminster.

Jackson, Wayne (2011), “¿Qué Clase de Vino Hizo Jesús?”, EB Global, http://ebglobal.org/inicio/que-clase-de-vino-hizo-jesus.html.

Webster, Allen (2012), “¿Puede un Cristiano Caer de la Gracia?”, EB Global, http://ebglobal.org/inicio/puede-un-cristiano-caer-de-la-gracia.html.