El Liberalismo y la Gracia

Frank Chesser

La gracia es el favor inmerecido de Dios que se otorga divinamente a la humanidad pecadora. La vida aparte de la gracia es una fantasía, no la realidad. La gracia no es un atributo exánime de la Deidad, sino es activa y se manifiesta al hombre de muchas maneras. La manifestación de la gracia es variada y tan vasta como la eternidad. Santiago señaló a Dios como la fuente de toda dádiva buena (1:17). Una descripción que abarca toda dádiva buena en la Tierra es una descripción de la gracia. Incesantemente, Dios exhibe Su gracia hacia el hombre al darle “lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones” (Hechos 14:17).

El hombre debe su propia existencia a la gracia de Dios. Incluso en el mundo paradisíaco del Edén, el hombre era un receptor de la gracia de Dios. ¿Merecía el hombre ser creado? Incluso en un mundo de perfección e inocencia, ¿merecía la creación incluso un solo don de la mano del Creador? Antes del pecado, ¿podía la primera pareja humana mirar hacia el cielo y describir incluso la bendición más pequeña como mérito? ¡Absolutamente no!

Dios no tiene deuda con el hombre; no le debe nada. La misma naturaleza de la gracia cataloga al hombre como un deudor eterno. Si el hombre pudiera vivir un millón de años, nunca pudiera realizar suficientes obras buenas para endeudar a Dios. A pesar de todas las obras notables que pueda lograr, el término “inútil” está inalterablemente adherido al nombre de cada hombre (Lucas 17:10). Cualquier cosa que Dios hace por el hombre se basa en la gracia, no el mérito.

En el momento que Génesis 3:6 llegó a ser una realidad, la gracia tomó un nuevo significado (Génesis 3:6 es la introducción del pecado). Cuando el pecado llegó a ser una realidad, la cruz llegó a ser una necesidad. A la primera aparición del pecado, Dios se dirigió hacia el Calvario. El pecado dejó al hombre espiritualmente impotente. Aparte de la obra de Cristo en la cima del Gólgota, el hombre es tan impotente como la paja en el viento. Cada paso que toma es un paso hacia atrás. Está perdido hoy, perdido mañana y perdido por siempre.

Si el hombre ha de alcanzar la salvación alguna vez, esto se logrará por la gracia de Dios. “[S]iendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). La gracia de Dios “se ha manifestado para salvación” (Tito 2:11). Es imposible alcanzar la salvación por medio del esfuerzo o mérito humano. Aparte de la gracia, la presencia de un solo pecado en la vida del hombre sella su destino para siempre. En el proceso de la salvación, el hombre debe mirar a Dios y a Su gracia, no a sí mismo.

Sin embargo, la recepción humana de los dones de Dios no es solamente la obra de la gracia. El hombre debe cooperar con Dios para beneficiarse de las ricas provisiones de la gracia. Este principio abarca los asuntos físicos y espirituales. El alimento físico es un don de la gracia, pero el agricultor debe realizar mucho esfuerzo humano para recibir este don. El consumidor luego debe igualar el esfuerzo del agricultor con el trabajo suficiente para acumular los fondos necesarios para adquirir el alimento que el agricultor cultiva y siega.

Con relación a los asuntos espirituales, la gracia es el fundamento por el cual Dios acepta al hombre. No obstante, la gracia no excluye la obediencia de fe (Romanos 16:26). Dios no puede manifestar gracia al salvar a los que rechazan someterse a Su voluntad. Jesús claramente identificó a los salvos como los que hacen “la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Jesús es el Autor de la salvación eterna, pero solamente para “los que le obedecen” (Hebreos 5:9). La purificación del pecado por gracia a través de la sangre de Cristo es el resultado de “la obediencia a la verdad” (1 Pedro 1:22). Por tanto, la salvación es “por gracia por medio de la fe” (Efesios 2:8), y esa fe es la “obediencia de fe” (Romanos 16:26) que “obra por el amor” (Gálatas 5:6).

La majestad, grandeza y magnificencia de Dios transciende la expresión humana. El mismo término “Dios” traspasa la mente con dardos de sobrecogimiento inexpresable. La mente tambalea y se abruma bajo la carga de este único pensamiento. Intentar comprimir a Dios en la mente del hombre es tan imposible como intentar estrujar el Universo completo en un dedal. La inmensidad y complejidad del Universo desafía el entendimiento humano. Si cada hombre fuera un Salomón y tuvieran un trillón de vidas para dedicarlas completamente a la investigación y el estudio, ni siquiera comenzarían a resolver los secretos de los misterios del Universo. Sin embargo, con un simple “dijo Dios”, todo lo externo a Él mismo llegó a existir (Génesis 1).

Dios es completamente santo. Dios es tan santo que no puede “ver el mal” (Habacuc 1:13). Por ende, cuando Israel pecó a los pies del becerro de oro de Aarón, Moisés tuvo que colocar el tabernáculo “fuera del campamento” (Éxodo 33:7). A causa del pecado extremo de Judá, se describe que Dios desocupa el templo, dejando Jerusalén y ascendiendo a la cima de un monte para supervisar la destrucción de la ciudad (Ezequiel 11:22-23). La santidad de Dios no le permite morar donde el pecado mora.

¿Qué es la adoración? La adoración es una expresión de la gracia. Es la gracia que obra a favor del hombre. Es la gracia que alcanza al hombre y le otorga el privilegio inexpresable de venir a la presencia sublime del Dios santo. Se puede describir la adoración como un hombre que postra su mente a los pies de la gracia, revestido de sobrecogimiento y admiración reverente, expresando amor y gratitud en sus actos ordenados divinamente. En vista de la insensatez vil, repugnante y grotesca del pecado, es un testimonio poderoso a favor de la gracia que se permita que los labios pecaminosos de la humanidad pronuncien el santo nombre de Dios, y mucho más que se otorgue al hombre el permiso de venir a Su presencia augusta para adorar y tener comunión.

La gracia enseña. La gracia instruye al hombre en cuanto a las cosas que se deben hacer y que no se deben hacer (Tito 2:11-12). La gracia guía al hombre a entrar en la presencia de Dios con instrucción bíblica, oraciones, canto congregacional, contribución cada domingo y participación de la Cena del Señor (1 Corintios 11-16). Por ende, la gracia ha provisto un patrón por el cual el hombre puede acercarse a Dios con actos autorizados de adoración. Siguiendo este patrón está la respuesta del hombre a la gracia en obediencia de fe, está el caminar del hombre por fe en gratitud de la gracia de Dios, está la honra del hombre ante las elecciones divinas en cuanto a la gracia, está la obediencia del hombre a los mandamientos de la gracia, está el hombre con un espíritu moldeable y una disposición a aceptar las instrucciones de la gracia, y está la escucha y rendimiento del hombre ante la gracia maravillosa de Dios. El respeto por el patrón es el respeto por la gracia que proveyó ese patrón.

El liberalismo predica una gracia que no entiende y a la cual no escucha. La gracia suministra un patrón para la entrada en la presencia de Dios, pero el liberalismo niega incluso el concepto de un patrón. La gracia enseña, pero el liberalismo no aprende. La gracia resuena en el corazón del hombre, implorándole que se mueva en armonía con su melodía, pero el liberalismo está muy ocupado marchando al son de su propio tambor. Si el liberalismo tuviera la capacidad de enseñar, cesaría de existir.

La gracia ruega al hombre que se lave en la fuente de sangre y que luego venga con sobrecogimiento y temor reverente a la presencia majestuosa del Dios de toda santidad, trayendo ofrendas autorizadas de adoración en espíritu y verdad. La reverencia por la gracia, la instrucción de la gracia y las demandas de la gracia son personificadas por un Abel que trae sacrificios autorizados (Hebreos 11:4), un Abraham ante el altar de la fe (Hebreos 11:17), un David que finalmente sigue la “ordenanza debida” (1 Crónicas 15:13) y un Israel que “tiembla” ante la Palabra de Dios (Isaías 66:2).

El espíritu del liberalismo es la actitud de un Caín que recibe “en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6:1) en el altar de la voluntad propia (Génesis 4:5), un Nadab y Abiú que nulifican la gracia con “fuego extraño” (Levítico 10:1-2), un Jeroboam que peca en contra de la gracia con un patrón pervertido de adoración “inventado de su propio corazón” (1 Reyes 12:33) y un fariseo que desprecia la gracia con una “adoración vana” de fabricación humana (Mateo 15:9).

Las libertades desvergonzadas e inautorizadas de la “gracia” del liberalismo incluyen oraciones audibles de mujeres en la presencia de hombres; los esfuerzos de un coro, un solista o un grupo de adoración para fomentar la auto-atención y promover el entretenimiento; un patio de recreo muy caro llamado “Centro de Vida Familiar”; y actividades infantiles como aplausos, levantamiento de manos y balanceos que disturban la solemnidad de la adoración en espíritu y verdad.

La “gracia” del liberalismo puede describirse como un hombre que se presenta ante la presencia augusta del Dios omnipotente, señalando a una pieza musical mecanizada y afirmando presuntuosamente, “No es un gran problema”. La gracia desvergonzada del liberalismo puede describirse como un hombre que promueve lo que Dios odia (Malaquías 2:16) al intentar anular una de Sus leyes más efectivas de prevención (Mateo 19:9). La gracia arrogante del liberalismo puede describirse como un hombre que habla abiertamente de la iglesia por la cual Jesús murió como un objeto de ridículo y burla ante una reunión de sectarios. El propósito de la “gracia” del liberalismo es la destrucción de la exclusividad del cristianismo del Nuevo Testamento en una comunidad dada, y la comunión completa con los falsos maestros del mundo. La “gracia” del liberalismo es ajena a la gracia de la Biblia.

[Título original en inglés, “Liberalism and Grace”, en The Spirit of Liberalism, pp. 33-37. Traducción editada por Moisés Pinedo].