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El Divorcio y las Segundas Nupcias: ¿Casos Claros o Ambiguos?

Pregunta:

“¿Qué se debería hacer ante un caso de infidelidad matrimonial cuando los hechos del caso son ambiguos?”.

Respuesta:

Durante las décadas pasadas se me ha llamado a aconsejar a muchas parejas que han estado involucradas en múltiples relaciones matrimoniales. En mis sesiones de consejería, he llegado a esta conclusión: Algunas situaciones parecen ser muy fáciles de descifrar—sea para lo “mejor” o lo “peor”. Otras son oscuras, muy difíciles de analizar, y es casi imposible llegar a una conclusión firme. Esto se debe al simple hecho que alguien que no es parte directa del caso no puede conocer los hechos completamente. Además, considere las siguientes razones: (1) Los hechos del caso pueden estar “sepultados” en oscuridad pasada, y podemos no tener la capacidad de “resucitarlos”. (2) Las dos personas que proveen información pueden ajustar la información con el fin de apoyar las conclusiones que quieren que otros acepten. (3) Frecuentemente se presenta los casos a terceras personas, no para solicitar la verdad, sino para obtener un “sello de aprobación” para que los protagonistas sientan alivio de la responsabilidad personal.

Las personas (e.g., ancianos, predicadores, padres o amigos cercanos) a quienes se les consulta en cuanto a situaciones complejas de divorcio y segundas nupcias deben ser muy cuidadosas de no pronunciar un veredicto apresurado. Se puede presentar un veredicto prudente—de ser osado—pero se debe tener mucho cuidado. No se transforme en un sello de aprobación para las situaciones matrimoniales en las cuales no puede saber con certeza los hechos previos. Permítame que le ofrezca algunos casos reales para ilustrar la idea.

CASOS CLAROS

Caso 1:

He presenciado varias situaciones en que parece ser muy aparente que una víctima inocente tiene el derecho a un segundo matrimonio. Por ejemplo, un día una esposa fiel y amorosa regresó de la casa sin avisar y descubrió que su esposo estaba teniendo relaciones íntimas con otra persona. Hubo una confrontación, y la parte culpable confesó su infidelidad continua y pidió que la esposa engañada le concediera el divorcio. La compañera engañada se sintió devastada y traumatizada. Pero ofreció perdonar al ofensor y esforzarse para restaurar el matrimonio.

El adúltero fue insensible, consiguió un divorcio “rápido” y se “casó” con su amante. ¿Tuvo la parte engañada el derecho de un nuevo matrimonio? Aparentemente, lo tuvo. El caso parece ser bastante claro. Por ende, si se busca el consejo de una persona, tal persona puede expresar la opinión que parece ser permisible una nueva unión.

Caso 2:

Un esposo cristiano permitió que la codicia llenara sus ojos. Se involucró en una serie continua de romances adúlteros con muchas mujeres. Finalmente se llegó a conocer su estilo de vida sórdido. Él se “arrepintió” con el fin de comenzar una nueva relación. Con toda justificación, su esposa se divorció de él a causa del adulterio (aunque no se permitió una acusación específica en el documento de la corte). Él entonces se convirtió en un adúltero divorciado sin privilegio a casarse. Sin embargo, finalmente conoció a una mujer con la cual quería “casarse”, y lo hizo, declarando que se “entregaría a la misericordia del Señor”. ¿Cuál es su situación?

Él está en una unión adúltera—a pesar del hecho que ahora se le honra como un hermano fiel en la congregación con la cual se le identifica. Este caso es muy transparente, pero este hermano se encuentra en comunión completa con su iglesia local bajo el pretexto que se ha “arrepentido”, ha volteado una “nueva página” de su vida, y ahora está viviendo una vida buena. ¿Ha cambiado su “vida buena” los hechos? De ninguna manera. Existen consecuencias para algunos pecados que no se pueden alterar, y con los cuales se debe vivir. Y los hermanos que endorsan las uniones ilícitas, las cuales se saben muy bien que son erróneas, están permitiendo un pecado serio.

CASOS AMBIGUOS

Desafortunadamente, a menudo sucede que los enredos matrimoniales son tan complejos y ambiguos que nadie, aparte de los involucrados directamente—¡y Dios!—saben cuál es la resolución real. Es una situación de “él dijo, ella dijo” que desafía incluso la sabiduría de Salomón.

En muchas ocasiones, después de escuchar pacientemente (¡algunas veces por horas!) mientras las parejas explican los enredos de su historia marital, me he sentido forzado a decir, “Aquí está mi veredicto en cuanto a su situación. ¡No lo sé! Hay demasiadas incógnitas en su caso. No puedo proveerles una respuesta definitiva. La decisión tendrá que permanecer en sus manos. Si tienen alguna duda, no continúen con la relación. Si se sienten confiados en marchar adelante, la iglesia no les juzgará por eso. Tendrán que responder delante de Dios”.

¿Qué más se puede hacer? Los episodios de matrimonios y divorcios son increíblemente complejos, y si los casos no son claros, sino que permanecen siendo ambiguos, nadie debería esperar que otros les brinden aprobación y por ende pongan en peligro su integridad personal. Y nadie debería esperar que otros acepten su opinión al evaluar situaciones oscuras.

Si yo estoy en desacuerdo con usted, o usted conmigo, en cuanto a situaciones en las cuales las terceras personas simplemente no pueden conocer todos los hechos, dejemos el asunto al Señor—y no nos atrevamos a juzgar por Él. No debemos aprobar al culpable, ni aplastar al inocente. Ambas cosas son peligrosas. Lo cierto es que algunas veces los seres humanos falibles con conocimiento limitado no pueden descifrar algunas cosas. ¡Qué Dios nos ayude en nuestra frustración!