No Me Avergüenzo

No Me Avergüenzo

A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1:14-17).

Hay tiempos en que defender la verdad no es fácil ni popular: solamente considere la historia de Ananías, Misael y Azarías. La mayoría les conocemos mejor por sus nombres de siervos: Sadrac, Mesac y Abed-nego (Daniel 1:7). Estos jóvenes—juntamente con Daniel (Beltsasar)—estuvieron entre los primeros cautivos llevados a Babilonia en 606 a.C. (vss. 1-6). Estos hombres rechazaron contaminarse con la comida y el vino impuro del rey, arriesgando sus vidas debido a su fe (vs. 8). Como resultado, Dios les bendijo con bienestar, sabiduría y entendimiento que excedían a los de todos sus compañeros que habían cedido (vss. 9-21). Ananías, Misael y Azarías fueron arrojados al horno de fuego por rechazar adorar la imagen del rey (Daniel 3). Daniel fue arrojado al foso de los leones por orar a Dios en vez de a Darío (Daniel 6). A pesar de todas sus pruebas, Dios les cuidó, y el nombre de Dios fue exaltado debido a la fe de ellos (3:29-30; 6:25-28). Aunque las bendiciones que vienen como resultado de hacer lo bueno no son dignas de compararse con el sufrimiento que podemos experimentar (Romanos 8:18), frecuentemente es fácil quitar nuestra mirada de la recompensa cuando estamos en medio de la batalla.

Los apóstoles mostraron que no se avergonzaban del Evangelio.

Cuando Pablo escribió que no estaba avergonzado del Evangelio (Romanos 1:16), no fue porque nunca había sufrido por predicarlo. Para el tiempo en que escribió esas palabras, él ya había sido apedreado, golpeado, encarcelado y perseguido en muchos lugares por los judíos y los gentiles que querían matarle. Cuando estaba esperando su ejecución en Roma, escribió a Timoteo y señaló que todo su sufrimiento había sido debido al Evangelio. Sin embargo, concluyó: “no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).

No hay causa de vergüenza en el Evangelio.

A diferencia de las muchas otras religiones en el mundo, el cristianismo no fue producto de “fábulas artificiosas” (2 Pedro 1:16); el Evangelio es verdadero. Además, es lo único que tiene el poder de salvar a los que están perdidos (Romanos 1:16). Y cuando todas las otras obras literarias perezcan en el fuego del Día Final, la Palabra de Dios permanecerá (Juan 12:48).

Si estamos de parte de la verdad, no tenemos de qué avergonzarnos.

Pedro escribió que los que nos calumnian serán aquellos avergonzados al final: “…teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo” (1 Pedro 3:16; cf. Tito 2:6-8). Ciertamente no nos debemos avergonzar de nuestro Dios ya que Él ha dicho que no Se avergüenza de nosotros (Hebreos 2:11; 11:16). Pero si nos avergonzamos de Él en esta vida, Él Se avergonzará de nosotros al final (Marcos 8:38).

Jesús padeció la vergüenza de la cruz (Hebreos 12:2) para que nosotros no seamos avergonzados. El mundo puede tratar de avergonzarnos por escoger seguir a Jesús, pero ellos solamente tendrán éxito si nosotros lo permitimos.

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