¡No Hay Helado para Ti!

¡No Hay Helado para Ti!

Hace un tiempo atrás, un padre cristiano me estaba contando de la vez que su hijo menor (de algo de 8 años) le faltó el respeto y a su madre y no quiso disculparse. El niño se encerró en su cuarto por algún tiempo y estuvo molesto con sus padres durante todo el día.

Al día siguiente, el padre pensó en un plan para hacer que su hijo se disculpara. Él llevaría a sus dos hijos a la heladería, y usaría la “táctica del helado” para persuadir a su hijo. La “táctica del helado” es cuando lleva a su hijo a la heladería y le dice que si hace lo que usted pide, entonces le comprará helado; de otra manera, ¡no hay helado para él!

Pregunté al padre si eso había funcionado, y él me informó que las cosas no salieron como había planeado. Su hijo determinó no disculparse, el padre no le compró helado, y la situación continuó de la misma manera hasta el día siguiente—cuando finalmente el hijo decidió disculparse. El padre se sentía aliviado de que el problema hubiera terminado.

Le pregunté: “¿Crees que se solucionó el problema?”. Él respondió: “Bueno, creo que sí; mi hijo pidió perdón al final, ¿cierto?”. Señalé: “Cierto, pero el problema real no se solucionó”. Entonces la conversación comenzó nuevamente.

LA IMPORTANCIA DE LA OBEDIENCIA

En todo el proceso, se había fracasado en enseñar al niño la importancia de la obediencia. Como el padre había aprendido, esta “táctica del helado” solamente “funciona” cuando el niño desea helado más de lo que desea persistir en la desobediencia. Esta táctica (como otras tácticas similares) es inadecuada ya que da la bienvenida “afectuosa” a la desobediencia; es decir, provee un beneficio por la obediencia (el helado), pero carece de un castigo por la desobediencia.

Imagine que nuestra sociedad solamente proveyera beneficios por la obediencia pero no exigiera castigos por los crímenes. Si se ofreciera una reducción de impuestos a los ciudadanos morales, y se tratara de disuadir a los criminales al decirles que no se les ofrecerá tal reducción (el “helado”) si siguen en sus crímenes (aunque tampoco se impondrá un castigo), pocos criminales (o ninguno) optarían por la compensación en vez de continuar en el hurto, la violación, el fraude, etc. Lo cierto es que cuando no se castiga diligentemente al ofensor, la impiedad incrementa (Eclesiastés 8:11).

Los padres cristianos deben enseñar a sus hijos que, fundamentalmente, la obediencia no es una opción; ¡es un mandamiento (Efesios 6:1-3)! Cuando los padres no enseñan obediencia a sus hijos, les enseñan a pecar. Aunque es cierto que Dios no imputa a los niños de pecado (Mateo 18:3), la desobediencia temprana es la semilla que brotará como el pecado futuro (vea también Pearl y Debi, 1994 pp. 18-20).

Pero así como el padre objetó luego, “¿no es correcto dar opciones a nuestros hijos para que ellos aprendan a tomar buenas decisiones?”. ¡Absolutamente! Sin embargo, los padres cristianos no deben tolerar la desobediencia ni devaluar la obediencia. Cuando se trata de la educación de sus hijos, ¿permitiría que ellos escojan si desean ir al colegio o no? Cuando se trata de la alimentación de sus hijos, ¿permitiría que ellos escojan los chocolates y caramelos como su dieta diaria? Entonces, cuando se trata de la educación espiritual y moral de los hijos, ¿por qué los padres cristianos deberían permitir que sus hijos, quienes todavía están aprendiendo a discernir lo bueno de lo malo (Deuteronomio 1:39), escojan la desobediencia como una opción aceptable?

LA URGENCIA DE LA OBEDIENCIA

Adicionalmente, se había fracasado en enseñar al niño la urgencia de la obediencia. Sí, el niño se disculpó con sus padres, pero lo hizo bajo sus propios términos y en su propio tiempo. Se disculpó cuando “se cansó de estar molesto”—no cuando debía disculparse. ¿Se disculpó porque realmente había reflexionado en cuanto al error de su actitud, o porque había llegado a la conclusión de que sus padres ya habían recibido castigo y desprecio suficiente? Independientemente de la razón, lo cierto es que una lección que el niño había aprendido indirectamente es que la obediencia no es urgente.

¿Criaremos a niños que se conviertan en adultos que solamente decidan hacer lo bueno cuando se hayan cansado de hacer lo malo? ¿Se convertirán nuestros hijos en cristianos que, cuando son confrontados por sus pecados, acusan de fariseísmo a sus hermanos en Cristo, dejan de congregarse y le cierran las puertas de sus corazones a Dios—hasta que finalmente, cuando el resentimiento, la ira y el orgullo ya no les satisfaga, entonces recién decidan regresar? ¿Promoveremos en nuestros hijos el hábito de hacer esperar a la autoridad debida (paternal y maternal, espiritual, civil, celestial) hasta que sientan las ganas de obedecer?

Desde muy temprano, los niños deben aprender que la obediencia es importante y urgente. Cuando una de mis hijas no quiere hacer una tarea doméstica o no tiene una actitud buena cuando se le pide que haga algo, ella sabe que se le dará opciones saludables que fomentan la decisión consciente y diligente (no la desobediencia o la dilación). Se le hará escoger entre (1) hacerlo, y hacerlo de buena gana y pronto y ahorrarse el castigo; o (2) ser castigada y hacerlo. Simplemente, una vez que se ha dado un mandamiento adecuado, entonces no hay lugar para la desobediencia. Mis hijas saben que la decisión sabia es cumplir el mandato diligentemente, evitando la desobediencia que solamente generará castigo sin absolverles de la responsabilidad. En otras palabras, la elección no es entre “obedecer o desobedecer y no recibir un beneficio”, ni tampoco entre “obedecer o desobedecer y ser castigado”, sino entre “obedecer u obedecer siendo castigado”. Ya que tendrán que obedecer al final, entonces generalmente ellas escogen hacerlo desde el comienzo.

Cuando tengan más edad, mis hijas tendrán oportunidades de tomar sus propias decisiones en un nivel más elevado de responsabilidad, y tales oportunidades demandarán su decisión personal de optar por lo bueno o lo malo. Pero mientras crezcan, y mientras yo y su madre tengamos la responsabilidad directa de instruirles en su camino (Proverbios 22:6), la desobediencia y la dilación no serán opciones aceptables.

Referencia

Pearl, Michael y Debi (1994), Instruir al Niño [To Train Up a Child] (Pleasantville, TN: No Greater Joy).

¿Siga a Su Corazón, o Siga a Dios?

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Tesoros en el Cielo

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