La Gracia Maravillosa de Dios

La Gracia Maravillosa de Dios

En su novela histórica basada en la vida de Lincoln, Gore Vidal describe una reunión del gabinete cuando era evidente que el Sur sería vencido y los consejeros de Lincoln comenzaban a hacer planes para después de la guerra. Cuando se le preguntó cómo planeaba lidiar con los rebeldes, Lincoln dijo: “Les trataré como si nunca se hubieran alejado”. ¡Eso es gracia!

La gracia es el perdón que olvida. La gracia es el favor en la carencia de mérito. La gracia es amor que se humilla. A los que no merecen nada, la gracia les concede todo (Efesios 2:8-9).

Donald Barnhouse dijo: “El amor que mira hacia arriba es adoración; el amor que mira hacia fuera es afecto; el amor que mira hacia abajo es gracia”. La palabra del Antiguo Testamento para gracia (jen) significa “inclinarse”. Dios es condescendiente con el hombre en un estado bajo (cf. Romanos 12:17), Él corre para encontrarse con los pecadores (Lucas 15:20), y ama a aquellos que no son dignos de amor (Romanos 5:6).

¿Qué clase de gracia ha preparado Dios para las necesidades del hombre?

Hay gracia abundante para los pecadores flagrantes.

Los equipos de la NBA cometen 20.15 faltas en un juego promedio. De vez en cuando se considera que una violación es lo suficientemente peligrosa como para calificar como una “falta flagrante”.

Se comenten muchos pecados en una semana promedio, pero la sociedad considera a algunos—el racismo, la adicción a las drogas, la prostitución, el hurto a mano armada, el abuso conyugal, el alcoholismo, el acoso sexual, el adulterio—como pecados “flagrantes”. ¿Se puede salvar a tales pecadores empedernidos?

El grado del pecado no afecta a la gracia, como el grado de las enfermedades no pudieron afectar a Jesús.

La gracia salvó al “primero de los pecadores”. Si se puede hablar de una tribu de pecadores, entonces Pablo hubiera sido su jefe; sin embargo, la gracia del Señor fue “más abundante” para él (1 Timoteo 1:14-15).

La gracia salvó a publicanos y pecadores. Jesús obró en medio de aquellos que la élite religiosa evitaba (Lucas 7:34). Aunque los publicanos y pecadores no pensaban que la religión era para ellos, Jesús enseñó que la gente “buena”, como los fariseos, no tenían el monopolio de la religión. De hecho, los que se justificaban a sí mismos no entraron al reino mientras que los que fueron impíos en su vida pasada lo hicieron (Mateo 21:43). Jesús no vino “a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13).

La gracia salvó a paganos y delincuentes morales. No había un Las Vegas, Río de Janeiro o San Francisco en el Imperio Romano, pero sí había un Corinto. Se conocía a sus ciudadanos por la inmoralidad. El evangelismo en tal lugar infundió temor en el corazón de Pablo, un misionero experimentado (Hechos 18:9-10; 1 Corintios 2:3). Él pudo haber pensado: “Con seguridad estoy perdiendo mi tiempo aquí”. Pero el Señor sabía lo que Pablo no sabía.

Aquellos cuyos nombres estaban escritos en los registros policiales pronto tuvieron sus nombres escritos en el cielo (Filipenses 4:3); los que frecuentaban cantinas y burdeles pronto prefirieron la comunión de la Cena del Señor y el pueblo del Señor. Cada domingo en los asientos de la congregación en Corinto, se sentaban aquellos que antes habían sido fornicarios, idólatras, adúlteros, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, malhechores y extorsionadores (1 Corintios 6:9-11; cf. Colosenses 3:5-8; 1 Pedro 4:3).

Los predicadores del Evangelio reconocen que el Evangelio tiene el poder suficiente de alcanzar a los peores pecadores de hoy (Romanos 1:16). En humildad, cada uno instruye pacientemente a aquellos que se oponen, considerando que ellos también son lo que son por la gracia de Dios (2 Timoteo 2:25; Gálatas 6:1; 1 Corintios 15:10). ¿Dónde estarían muchos cristianos si…

  • no hubieran tenido padres creyentes;
  • hubieran nacido en pobreza extrema;
  • no les hubieran llevado a la clase bíblica cuando eran niños;
  • hubieran tenido un cónyuge incrédulo;
  • hubieran tenido una discapacidad física o de aprendizaje;
  • hubieran sido abusados en la niñez o explotados sexualmente en la adolescencia;
  • hubieran tenido una enfermedad mental;
  • hubieran sufrido depresión;
  • hubieran crecido en un área en la cual la iglesia no estuviera establecida;
  • hubieran tenido padres alcohólicos o drogadictos;
  • no hubieran tenido padres que les advirtieran de los malos amigos o que corrigieran su rebeldía?

Ya que “por la gracia de Dios llegamos”, cada obrero razona: “Por la gracia de Dios voy” (cf. Marcos 16:15-16).

El pecado no tiene poder contra el Evangelio en un corazón comprometido. El Evangelio aleja

  • al borracho de su botella;
  • al pornógrafo de sus sitios web;
  • al homosexual de su club nocturno;
  • al fumador de sus cigarros;
  • al ladrón de su botín; y
  • al adicto de su jeringa.

No pierda la esperanza si está en la categoría del “pecador flagrante”. El Evangelio es para usted. La iglesia es para usted. Dios es para usted (cf. Romanos 8:31). No piense que no puede recibir la vida eterna (Hechos 13:46). Toda la gente en todo lugar se puede arrepentir—y toda la gente en todo lugar debería arrepentirse, ya que el Día del Juicio se acerca (Hechos 17:30-31).

La gente puede cambiar. Nunca use la excusa de que ha estado en el pecado demasiado tiempo. El cambio puede no ser fácil, pero puede lograrlo por medio de Cristo que le fortalece (Filipenses 4:13). Tome un paso en la dirección correcta, y Él le ayudará a terminar el viaje. Venga como es, y Él comenzará a hacerle mejor.

Hay gracia necesaria para los pecadores ordinarios.

Con tal gracia para ofrecer, se pensaría que los locales de la iglesia estarían llenos cada domingo, y que los predicadores tuvieran problemas en satisfacer las demandas de bautismos. Pero lo cierto es que no hay colas. ¿Por qué?

La razón es que la mayoría no entiende que necesita gracia. Ellos piensan: “La gente mala necesita gracia, pero yo soy alguien bueno. No soy perfecto, pero soy mejor que la mayoría”.

Lincoln dijo: “Hemos llegado a sentirnos autosuficientes al punto de rechazar la necesidad de la aceptación y preservación de la gracia; hemos llegado a ser demasiado orgullosos como para orar al Dios que nos hizo” (1863). Los pecadores flagrantes se consideran como demasiado malos para la gracia, mientras que los pecadores ordinarios se consideran demasiado buenos para la gracia. Ambos están equivocados. Los primeros sobrestiman su pecado y subestiman la gracia; los otros sobrestiman su piedad y subestiman la santidad de Dios.

La pregunta no es, “¿Soy mejor que otras personas?”, sino: “¿He pecado?”. Alguien no necesita sentirse perdido para estar perdido. No tiene que quebrantar todas las leyes de Dios para ser un malhechor; solamente necesita quebrantar una: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). La mayoría de criminales en las prisiones está allí por una sola infracción.

Pablo habló de tres tipos de personas—el inmoral (Romanos 1:18-32), el moral (2:1-6) y el religioso (2:17-3:18)—y concluyó que sin Cristo cada clase es culpable ante Dios (Romanos 3:23; 6:23). Toda persona necesita la gracia, ya que no hay justo, ni siquiera uno (Romanos 3:9-12).

Obviamente, es mejor ser una persona buena con moralidad alta; pero cuando nos comparamos con Dios, cada pecador es miserable. “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6; cf. 6:5; Lucas 5:8). El edificio Empire State es mucho más alto que el Centro de FedEx, pero ¿cuál está más cerca de la Luna? Técnicamente, el primero (a 1,250 pies) está más cerca, pero ¿realmente importa en vista de las 240,000 millas de distancia a la Luna? Realmente no hay diferencia apreciable en esos pocos pies (cf. Isaías 59:1-2).

Todo pecador está perdido. Ser una buena persona no borra el pecado. Ser una persona buena no quiere decir que se encontrará salvación en el Juicio. Casi todas las personas que fueron salvas en el libro de Hechos ya eran personas profundamente religiosas e impresionantemente morales. Pero todas ellas estaban perdidas sin el Evangelio (cf. Hechos 2:36; 10:2; 11:14).

Para que alguien vaya al cielo, debe creer en Jesús (Hechos 16:31), arrepentirse de sus pecados (Lucas 13:3), confesar a Cristo (Romanos 10:10), ser bautizado para el perdón de pecados (1 Pedro 3:21) y ser fiel hasta la muerte (Apocalipsis 2:10; Tito 2:11-13). La eternidad no tiene lugar intermedio: Perderse el cielo es ganarse el infierno. El camino a la vida es estrecho, y pocos son los que la hallan (Mateo 7:14). Asegúrese de estar entre los “pocos”.

Hay gracia sanadora para los penitentes.

Dios da “mayor gracia” cuando la necesitamos (Santiago 4:6). No lidia con nosotros “conforme a nuestras iniquidades” (Salmos 103:10).

Una vez David cayó. Codició a Betsabé y mató a Urías. Cuando Natán le confrontó, David se arrepintió ante Dios y rogó: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado” (Salmos 51:2). Dios le concedió gracia (Salmos 32:1).

Un miembro de la iglesia primitiva fue culpable de un pecado escandaloso—una relación sexual con la esposa de su padre. Pablo instruyó a la iglesia que quitara su comunión de él si no se arrepentía (1 Corintios 5). Él no lo hizo, y ellos tuvieron que apartarlo.

Luego Él entró en razón y se arrepintió. Pablo escribió nuevamente en cuanto a la gracia y el perdón de Dios, diciendo que entonces los miembros de la iglesia debían perdonarle, consolarle y confirmar su amor por él (2 Corintios 2:6-8; cf. Romanos 14:1,19; 15:2,7; 16:2; 1 Tesalonicenses 5:11).

La misma bienvenida espera a los pródigos que regresan hoy—palabras de ánimo (Efesios 4:29), invitaciones para almuerzos y actividades sociales, y restauración al servicio activo en la iglesia (2 Timoteo 4:11). Si se ha descarriado, regrese (Hechos 8:22; Santiago 5:16). Se le dará la bienvenida con los brazos abiertos.

Hay gracia diaria para todos los cristianos.

La gracia de Dios enseña a los cristianos a vivir “sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11-13). Pero los cristianos pecan (1 Juan 1:6-10). Así que la gracia de Dios requiere la vida santa, y la vida santa requiere la gracia de Dios.

La mayoría de cristianos confiesa el pecado de pensamiento, palabra y acción cada día. Ellos incluso ignoran algunos pecados y necesitan gracia para las “faltas ocultas” (Salmos 19:12). Los pecados ocultos pueden ser:

  • Pecados que sabemos que cometemos pero que otros no los conocen (e.g., odio o lascivia en el corazón).
  • Pecados que otros saben que cometemos pero que nosotros ignoramos (e.g., ofensa a alguien que no nos lo dice).
  • Pecados que nosotros y otros ignoramos pero que Dios conoce (e.g., pecados de omisión).

El pecado—cualquier pecado, todo pecado—requiere la gracia. ¿Cómo se puede obtener gracia tan frecuentemente? “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

Hay gracia de inicio para la gente joven.

“Juventud” es sinónimo de “falta de experiencia”. “Falta de experiencia” es sinónimo de “errores”. Algunos errores son pecados. Entonces entendemos la razón por la cual David oró: “De los pecados de mi juventud…no te acuerdes” (Salmos 25:7). Aunque los adolescentes están entre los soldados más dedicados del ejército de Dios (1 Juan 2:14), muchos pudieran unirse a Jeremías y confesar que “desde nuestra juventud y hasta este día…no hemos escuchado la voz de Jehová” (3:25).

Los jóvenes tienen la capacidad de enlistarse, resistir y perseverar, así que la gracia disponible y los errores inevitables no son excusa para el comportamiento malo (Romanos 6:1-2). Salomón instó: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 12:1). La fe joven es pura y ejemplar (1 Timoteo 4:12), pero cuando los pecados juveniles llegan y entonces hay penitencia sincera, Dios está siempre allí con Su gracia.

Hay gracia suficiente para los mayores.

La última parte de la vida puede estar llena de preocupación. Un santo de edad puede pensar: “¿He hecho lo suficiente? Ya que el Juicio no puede estar muy lejos, ¿cómo me irá? Cuando mi salud falle, ¿quién verá por mí? Si mi mente falla, ¿se aprovechará la gente de mí?”. El salmista oró: “No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares” (Salmos 71:9; cf. 71:18).

La gracia es confortante en tales momentos. A una edad mayor, el apóstol Pablo escribió su último libro teniendo confianza en la gracia de Dios: “sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12). Cuando el cuerpo de Pablo fallaba, Jesús le dijo: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9). David observó: “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Salmos 37:25; cf. 92:13-15).

Steve Brown cuenta que Abraham Lincoln fue a una subasta de esclavos. Sintiendo compasión por una joven que era ofrecida en la subasta, Lincoln hizo su oferta hasta que ganó. Después de pagar al subastador, dijo a la joven: “Eres libre”. Ella preguntó: “¿Libre? ¿Qué significa eso?”. Lincoln respondió: “Significa que eres libre, completamente libre”. “¿Significa que puedo hacer lo que quiera hacer?”. “Sí, eres libre para hacer lo que quieras hacer”. “¿Libre de decir lo que quiera decir?”. “Sí, libre de decir lo que quieras decir”. “¿Significa esa libertad que puedo ir donde quiera ir?”. “Significa exactamente que puedes ir donde quieras ir”. Con lágrimas de gratitud, ella dijo: “Entonces, pienso que iré con usted” (en Holcomb, 2013, p. 95).

Esta historia, tal vez ficticia, ilustra lo que Dios hizo. Él nos compró con una suma alta—la vida de Jesús (Efesios 1:7). Cuando Jesús pagó por nosotros, nos dejó en libertad—y si “el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

La pregunta es: ¿Irá con Él?

Referencias

Holcomb, Justin (2013), En la Gracia de Dios [On the Grace of God] (Wheaton, IL: Crossway).

Lincoln, Abraham (1863), “Proclamación 97—Establecimiento de un Día de Humildad, Ayuno y Oración Nacional [“Proclamation 97—Appointing a Day of National Humiliation, Fasting, and Prayer], http://www.presidency.ucsb.edu/ws/?pid=69891.

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