¿Fueron los Papas Realmente Célibes?

¿Fueron los Papas Realmente Célibes?

Aunque la Biblia no apoya la doctrina del celibato como un requisito para algún oficio eclesiástico, la Iglesia Católica ha establecido el celibato como una marca distintiva del papado y otros oficios católicos. De hecho, el Papa Benedicto XVI afirmó que el celibato (impuesto por el Papa Gregorio VII en el Concilio de Roma en 1074) “es realmente una manera especial de ajustarse a la misma manera de vida de Cristo” (“El Papa Escribe…”, 2007). Así que cualquiera que desee servir como sacerdote, y finalmente como Obispo Universal de la Iglesia Católica (el papa), debe ser célibe.

Según la doctrina católica, Pedro fue el “primer papa”. Y ya que se considera que los papas son los sucesores de Pedro y guardianes de la tradición petrina, se esperaría que ellos siguieran el ejemplo de Pedro en todo aspecto—incluyendo la aceptación o rechazo del celibato. Mateo 8:14-15 registra que Jesús sanó a uno de los familiares de Pedro—¡su suegra! El texto registra: “Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre” (énfasis añadido). Algunos pueden tratar de argumentar que esta mujer fue la suegra de otro discípulo, pero la gramática del texto en Mateo (y los registros paralelos en Marcos y Lucas) es muy clara cuando dice que Jesús vino a casa de Pedro y vio a su suegra (cf. Marcos 1:30; Lucas 4:38). La única conclusión que podemos sacar del texto es que si Jesús vio a la suegra de Pedro, entonces ¡Pedro tenía esposa!

El apóstol Pablo también confirmó que Pedro era casado cuando escribió: “¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas? (1 Corintios 9:5, énfasis añadido). Pablo identificó a Pedro (también llamado Cefas; cf. Juan 1:42; 1 Corintios 1:12) como alguien que había usado su derecho a casarse. Además, en la primera epístola que lleva su nombre, el apóstol Pedro se identificó como un anciano de la iglesia (cf. 1 Pedro 5:1). Y como el Nuevo Testamento claramente enseña, uno de los requisitos de los ancianos de la iglesia es ser “marido de una sola mujer” y tener “hijos creyentes” (Tito 1:5-6). Cada fragmento de evidencia bíblica sobre el tema indica que Pedro fue un hombre casado.

Aunque el catolicismo apela a Pedro para apoyar la idea del papado, irónicamente, no apelará a Pedro para argumentar a favor del celibato papal por una razón importante: ¡Pedro no fue célibe! Aquí los católicos exaltarán a Pablo, quien optó por ser célibe. Pero si los papas son los supuestos sucesores de Pedro (no Pablo), ¿no deberían seguir el ejemplo de Pedro?

Como muchas otras enseñanzas de la Iglesia Católica, el celibato es una doctrina humana. Aunque muchos lo consideran como una marca de pureza, el celibato, impuesto a los que aspiran un oficio eclesiástico, es simplemente una señal de apostasía (1 Timoteo 4:1-3). Por ejemplo, considere las cosas inmorales que muchos papas “célibes” hicieron durante sus papados.

Sergio III ejerció el papado desde 904 a 911 d.C. La historia registra que él comenzó una “sucesión vergonzosa” de papas inmorales (Schaff, 1910, 4:285). Su “elevación [al papado—MP] se debió a la influencia de la desvergonzada Teodora [una mujer romana noble—MP] y sus hijas no menos desvergonzadas Marozia y Teodora… Él fue extremadamente inmoral, y vivió en relaciones licenciosas con Marozia, quien le dio varios hijos, entre ellos el futuro papa Juan XI” (McClintock y Strong, 1867-1880, 9:570).

Juan XII ejerció el papado desde 955 a 963 d.C. Se le considera como “uno de los papas más escandalosos de la historia” (“Juan XII”, 1997). Philip Schaff señaló que “[é]l fue uno de los papas más inmorales y perversos, figurando con Benedicto IX, Juan XXIII y Alejandro VI. Un sínodo romano le acusó, sin que nadie se opusiera, de casi todo crimen del cual…la naturaleza humana es capaz, y fue destituido como un monstruo de iniquidad” (1910, 4:287). En cuanto a su adulterio, se le acusó de haber tenido “relaciones sexuales con la viuda de Rainier [uno de sus vasallos—MP], con Estefanía, la concubina de su padre, con la viuda Ana y con su propia sobrina” (Chamberlin, 1993, p. 56). Se dice que murió “debido a un ataque de apoplejía mientras estaba en cama con una mujer casada” (Walsh, 2001, p. 663).

Juan XXIII ejerció el papado desde 1410 a 1415 d.C. Se dice que “carecía de toda virtud moral, y que era capaz de todo vicio” (Schaff, 1910, 6:145). Se le acusó “de setenta cargos que incluían casi todo crimen conocido al hombre. No había sido casto desde su juventud,…cometió adulterio con la esposa de su hermano, violó a monjas y otras vírgenes, fue culpable de sodomía y otros vicios indescriptibles” (Schaff, 6:158). Finalmente, el Concilio de Constancia le destituyó de su oficio, y se le borró de la lista oficial del papado.

Inocencio VIII ejerció el papado desde 1484 a 1492 d.C. “Su conducta fue vergonzosamente irregular: tuvo siete hijos ilegítimos de diferentes mujeres, y aparte, estaba casado cuando recibió órdenes” (McClintock y Strong, 1867-1880, 4:593). Se dice que el número de sus hijos llegaba a “16; todos eran hijos de mujeres casadas” (Schaff, 1910, 6:438). También se dice que “el éxito de Inocencio VIII en incrementar la población de Roma era un tema favorito de su tiempo” (McClintock y Strong, 4:594).

Alejandro VI ejerció el papado desde 1492 a 1503 d.C. En su Ciclopedia de Literatura Bíblica, Teológica y Eclesiástica, McClintock y Strong señalaron que se considera que Alejandro fue “el papa más depravado de todos” (1867-1880, 4:594). Ellos explicaron: “Su juventud fue muy disoluta; y muy pronto comenzó una relación ilícita con una mujer romana que vivía en España con sus dos hijas. Pronto sedujo también a las hijas; y una de ellas, Rosa Vanozza, llegó a ser su amante de por vida… Su pontificado de once años fue escandaloso, mientras él hacía cualquier cosa con el propósito de elevar a sus hijos bastardos sobre las cabezas de las familias reales principales de Italia” (1:145-146). Un historiador católico romano señaló que él fue “uno de los monstruos más grandes y horribles que podía escandalizar el trono sagrado. En general, Guicciardini Ciaconius y otros historiadores papales auténticos describen su inmoralidad bestial, su ambición inmensa, su avaricia insaciable, su crueldad detestable, su lujuria impetuosa y su incesto monstruoso con su hija Lucrecia” (citado en Barnes, 2005, p. 82). Las siguientes palabras resumen la vida del papa Alejandro: “Para Alejandro nada era sagrado—oficio, virtud, matrimonio o vida” (Schaff, 1910, 6:462).

Pablo III ejerció el papado desde 1534 a 1549 d.C. Antes de su pontificado, tuvo cuatro hijos de una amante romana: Pier Luigi, Paolo, Ranuccio y Costanza (vea “Pablo III”, 1997, 9:205). La historia resume su vida como “principalmente dada al placer y la frivolidad. Tuvo malas compañías, apoyó a las prostitutas, llegó a ser padre, y en muchas maneras ganó una fama poco envidiable” (McClintock y Strong, 1867-1880, 7:831).

Se pudiera ofrecer más ejemplos, ya que la historia del papado se caracteriza más por sus pecados que por sus “santidades”. Pero los ejemplos aquí listados prueban claramente que muchos papas “célibes” no fueron realmente célibes, mucho menos castos.

Cuando los hombres se apartaron más y más de la verdad de la Palabra de Dios, se deificaron a sí mismos, buscando a un representante humano (el papa) que usurpara el lugar de Dios. Muchos hombres inmorales, sedientos de gloria y poder, desearon el oficio humano (el papado) que la apostasía había promovido. Estos hombres pelearon por este oficio, odiándose entre ellos y matando a sus prójimos. Y en su celo, pretendieron cumplir la demanda del celibato impuesto por tradición humana, mientras daban rienda suelta a sus pasiones carnales.

¿Qué sacrificio realizaron estos papas “abnegados” al ser “célibes” (solteros) si podían tener las amantes que deseaban? ¿Qué altruismo demostraron al negarse tener una sola esposa para embarcarse en inmoralidades indescriptibles con muchas amantes, incluyendo familiares, monjas, prostitutas y mujeres ajenas durante sus noches de “soledad célibe”? ¡Lo cierto es que esta clase de “celibato” ha producido muchos hijos ilegítimos en la historia de la religión católica!

El apologista católico que señala 1 Corintios 7:7-8 para proveer sostenimiento bíblico para el celibato del papado, debería leer el consejo de Pablo en el siguiente versículo para ver que el celibato no se demanda, ni se busca para instituir una orden eclesiástica: “Pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando” (vs. 9, énfasis añadido). Muchos papas, como también muchos obispos locales, sacerdotes, curas, monjas, etc., se han estado quemando con pasión por siglos, y muchos hoy continúan añadiendo leña al fuego. La Biblia advierte: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago de fuego y azufre que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8, énfasis añadido).

Referencias

Barnes, Albert (2005), Notas sobre el Nuevo Testamento: 1 Tesalonicenses a Filemón [Notes on the New Testament: 1 Thessalonians to Philemon] (Grand Rapids, MI: Baker).

Chamberlin, E.R. (1993), Los Papas Malos [The Bad Popes] (Nueva York: Barnes & Noble Books).

“Juan XII” (1997), Cronología Universal Espasa (Espasa Calpe, S.A.: Microsoft Corporation).

McClintock, John y James Strong (1867-1880), Ciclopedia de Literatura Bíblica, Teológica y Eclesiástica [Cyclopedia of Biblical, Theological, and Ecclesiastical Literature] (Grand Rapids, MI: Baker).

“Pablo III” [“Paul III”] (1997), Enciclopedia Británica [Encyclopædia Britannica] (Londres: Encyclopædia Britannica).

“El Papa Escribe Exhortación sobre la Eucaristía” [“Pope Pens Exhortation on the Eucharist”] (2007), Zenit, 13 de marzo, http://www.zenit.org/article-19138?l=english.

Schaff, Philip (1910), Historia de la Iglesia Cristiana [History of the Christian Church] (Grand Rapids, MI: Eerdmans).

Walsh, Michael, ed. (2001), Diccionario de Biografía Cristiana [Dictionary of Christian Biography] (Collegeville, MN: The Liturgical Press).

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