Buscando al Dios que Llora

Buscando al Dios que Llora

Mientras Jesús llegaba a la casa de Jairo, escuchó los sonidos de dolor profundo de una familia. Había llanto, lamentos y expresiones de dolor inmenso mientras los amigos y familiares se reunían por la muerte de una querida niña de 12 años. Al considerar su frágil cuerpo que yacía sin vida, no puedo imaginar lo que estaría pasando en las mentes de los padres de la pequeña niña. Para Jairo, el padre de la niña, el remordimiento le debe haber estado afligiendo ya que la muerte de su hija pasó mientras él buscaba ayuda para aliviar su condición inestable. Para la madre, ver el esfuerzo de su preciosa e inocente niña al exhalar su último suspiro debe haber sido más de lo que podía soportar. Realmente, esto es más de lo que yo puedo soportar solo al pensar cómo reaccionaría si la muerte me robaría a uno de mis hijos. Esto sería como un puñal en mi corazón. ¿Cómo reaccionaríamos mi esposa y yo ante una situación similar? ¿Qué haríamos? ¿Qué diríamos y a quién recurriríamos? Yo oro para que hagamos lo que Jairo y su esposa hicieron.

Entonces, ¿qué hicieron? Ellos hicieron lo que las familias cristianas hacen hoy. Hicieron lo que mi hermano y su esposa hicieron cuando su hijo de siete años, Seth, murió, mientras muchos de nosotros le mirábamos sucumbir al final de una lucha larga y dura con el cáncer. Yo nunca olvidaré esa noche y el dolor profundo que emanaba de nuestros corazones. Desde la habitación de un pequeño niño, mi familia, como Jairo, fue en busca del Maestro. Nosotros caímos a Sus pies y abrimos nuestros corazones delante de Él…y recordamos. Recordamos las palabras que Cristo dijo a Jairo a la muerte de su preciosa niña: “No temas, cree solamente” (Marcos 5:36).

Al tomar la preciosa manito de la bendición de Dios para esa familia, Jesús rescató a la hija de Jairo de la muerte. Por el poder de Su palabra, “Niña, a ti te digo, levántate” (Marcos 5:41), la trajo de regreso a la vida y reunió a una familia separada por la muerte. Similarmente, nuestra propia familia espera el día en que por medio de esas palabras poderosas se quitará el velo de la muerte y seremos unidos, no solamente con Seth, sino con muchos otros a quienes hemos amado (Juan 5:24-29; 1 Tesalonicenses 4:13-17; 1 Corintios 15:51-58).

Mientras tanto, recordamos el toque de la mano del Maestro, el poder salvador de Su Evangelio (Romanos 1:16) y la promesa eterna de Su palabra: “No temas, cree solamente”. Como muchos otros que luchan con los dolores en la vida, nosotros siempre recordaremos que servimos a un Dios a Quien le importamos y Quien llora. Se ve claramente Sus lágrimas en la comunidad de Betania, cuando se encontró rodeado de un gran grupo de dolientes a la muerte de Su querido amigo Lázaro. En su dolor, Marta le declaró que si Él hubiera estado allí antes, su amigo y hermano no hubiera muerto. Durante un tiempo de crisis, la gente a veces dice cosas sin pensar. Sin embargo, en vez de reprenderla, el amante Señor mencionó palabras de ánimo, y en vez de ira, derramó lágrimas de dolor. Se conmovió profundamente por lo que escuchó y vio. Sus lágrimas fueron un testigo de Su compasión, y su dolor, un testimonio de Su amor.

Esta no fue la única vez que Jesús reveló Su dolor emocional, ni tampoco sería la última. Así como por la muerte de Lázaro (Juan 11), Jesús lloró a causa de los sufrimientos que enfrentaría la gente amada de Jerusalén (Lucas 19:41). También sintió dolor “con gran clamor y lágrimas” la noche de Su traición en el Getsemaní (Hebreos 5:7). El Cristo que es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13:8), continúa conmoviéndose por los sentimientos de nuestras debilidades (Hebreos 4:14-16). Hoy, cuando enfrentamos las realidades duras de la vida con todas sus penas y aflicciones, podemos encontrar consuelo al saber que Jesús se conmueve de nuestra pena y dolor. Él—más que ninguna otra persona—puede ayudarnos cuando somos tentados, ya que Él mismo fue un “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Así que en el futuro, si su hijo está muriendo, o si su esposo está enfermo, o si su madre o padre está sufriendo, haga lo que Jairo hizo—busque al Maestro. “Visite” Betania y experimente el amor y cuidado del Maestro. Escuche Su llanto en el huerto y recuerde el refrán del himno antiguo, “A nadie le he importado más que a Jesús… Oh, cuánto me ama”.

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