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Sacrificio

En su libro, Escrito en Sangre, Robert Coleman cuenta la historia de un pequeño niño cuya hermana necesitaba una transfusión de sangre. Ella tenía la misma enfermedad de la cual el niño se había recuperado dos años atrás, y su única oportunidad de sobrevivir era una transfusión sanguínea de su hermano, quien tenía el mismo tipo de sangre.

El doctor preguntó al niño: “¿Darías tu sangre a María?”. Juan dudaba, y sus labios comenzaron a temblar por un momento. Pero luego sonrió y dijo: “Seguro, lo haría por mi hermana”.

Los dos niños fueron llevados a la sala del hospital. María estaba pálida y delgada; Juan estaba robusto y sano. Ninguno hablaba, pero cuando cruzaron las miradas, Juan sonrió. La sonrisa de Juan se desvaneció cuando la enfermera insertó la aguja en su brazo, y su sangre comenzó a fluir por el tubo al cuerpo de su hermana. El cuarto estuvo silencioso hasta que la mala experiencia terminó.

Luego Juan preguntó al doctor: “Doctor, ¿cuándo moriré?”. El doctor se quedó pasmado al entender por qué el niño había dudado y temido, como también al darse cuenta que en tal tiempo corto el niño había tomado la decisión de hacer el sacrificio más grande por su hermana.

Adaptado; en Ben Patterson (2005), El Me Ha Hecho Feliz [He Has Made Me Glad] (Downers Grove, IL: InterVarsaty). p, 61. 

En la edición del 31 de diciembre de 1989 de la publicación Chicago Tribune, los editores imprimieron las fotos de la década. Una de ellas, que Michael Fryer tomó, capturó la imagen de un bombero y paramédico angustiado que cargaba a una víctima de un incendio fuera de la escena del fuego. El incendio en Chicago en diciembre de 1984 pareció ser simple rutina. Luego los bomberos descubrieron los cuerpos de una madre y cinco niños acurrucados en la cocina de un departamento. Fryer dijo que los bomberos supusieron que la mujer pudo haber escapado con dos o tres de los hijos, pero que no pudo decidir a quién escoger. Escogió esperar con todos hasta que los bomberos llegaran. Todos ellos murieron por la inhalación del humo. Simplemente hay tiempos en que alguien no puede dejar a aquellos que ama.

En Allen Webster (sine data), “La Madre de Jesús” (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

La National Geographic una vez publicó un artículo sobre el periodo subsiguiente a un incendio en el Parque Nacional de Yellowstone. Los guardaparques subieron a una montaña para calcular los daños. Un guardaparques encontró a un ave que literalmente estaba petrificado por las cenizas, parado esculturalmente en el suelo cerca de un árbol. Impresionado por el evento extraño, tumbó al ave con una rama, y tres pequeños polluelos salieron disparados de debajo de las alas de su madre muerta. Al darse cuenta instintivamente del peligro inminente, la madre había llevado a sus polluelos al pie del árbol y les había acurrucado en sus alas. Podía haber volado y ser libre, pero rechazó abandonar a sus bebés. Cuando el calor del fuego quemó su pequeño cuerpo, ella permaneció firme, dispuesta a morir para que sus bebés bajo sus alas pudieran vivir.

En William Goddard (2009), Solamente Digalo [Just Say the Words] (Bloomington, IN: Xlibris), p. 132.

Un joven cayó en un pozo profundo durante una tormenta en el oeste de Texas. Para el momento que su padre le encontró, el agua que subía había llegado casi a su cuello. Sin poder encontrar nada para sacarle, el padre saltó al pozo y envió a otros a buscar ayuda. Cuando ellos finalmente llegaron, la lluvia y el agua se habían detenido. Él padre se había ahogado, pero todavía estaba levantando a su hijo vivo por encima de su cabeza, lo cual estaba justo por encima del nivel del agua. El padre había asido a su hijo tan fuertemente que los rescatadores tuvieron que literalmente palanquear al joven de los brazos de su padre.

En Allen Webster (sine data), “La Barrera del Amor de Dios” (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

John Griffith vivía en Oklahoma en 1929, y perdió todo lo que tenía en la quiebra del mercado bursátil. Se mudó a Mississippi, donde encontró un trabajo ocupándose de un puente que servía como elevación de las vías del tren. En una ocasión en 1937, su hijo de ocho años, Greg, pasó el día con su padre en el trabajo. Jugó en la oficina esa mañana y le hizo miles de preguntas. Luego un barco se acercó, y John abrió el puente levadizo. Repentinamente, se dio cuenta que su hijo no estaba en la oficina. Desesperadamente buscó por los alrededores, y para su angustia, le vio subiendo por los engranajes del puente levadizo. Se apresuró a salir a rescatarlo, pero justo escuchó lo que sabía que era un tren de pasajeros que se acercaba rápidamente, el Memphis Express, lleno de 400 personas. Él gritó a su hijo, pero el ruido del barco y del tren que se acercaba hacía imposible que su hijo le escuchara. John Griffith se dio cuenta de su terrible dilema. Si tomaba el tiempo para rescatar a su hijo, el tren chocaría y mataría a todos a bordo. Si cerraba el puente, sacrificaría a su hijo. Él tomó la decisión que recordaría miles de veces, y jaló la palanca para cerrar el puente. Mientras el tren se acercaba, pudo ver los rostros de algunos de los pasajeros. Algunos estaban leyendo, algunos estaban saludando, y nadie sabía acerca del sacrificio que justo se había hecho por ellos.

En Allen Webster (sine data), “¿Busca Amor?”, (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

Cerca de los almacenes principales de un pueblo particular, a menudo se debe dragar el canal del río para que las barcazas puedan entrar. Se vierte en la rivera la arena que se draga del fondo del río. A los niños les gusta jugar en esas enormes colinas de arena. Sin embargo, los montones de arena pueden ser peligrosos. Cuando la arena húmeda se seca, crea cortezas que pueden colapsar en cualquier momento, causando que la arena cubra instantáneamente a una persona.

Varios años atrás cuando dos hermanos no venían a casa para la cena, se encontró sus bicicletas fuera de la cerca donde estaban los montículos de arena. Su familia y un equipo de rescate comenzaron a buscarles desesperadamente. Finalmente encontraron a uno de ellos. El niño estaba enterrado en la arena hasta su mentón. Debido a la presión de la arena húmeda y la tierra alrededor de él, no estaba respirando; así que ellos comenzaron a cavar desesperadamente. Cuando le desenterraron hasta la cintura, recobró la conciencia. Sus padres le preguntaron, “¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermano?”. El niño respondió, “Estoy parado en sus hombros”.

En David Sargen (2010), “El Amor Me Levantó”, De Casa a Casa, julio/agosto, 15[4]:3.

Una familia salía de vacaciones en su auto. Las ventanas del auto estaban abiertas y se podía disfrutar la cálida brisa veraniega de un día soleado. De repente una gran abeja entró disparada al auto y comenzó a zumbar dentro. Una pequeña niña muy alérgica a las picaduras de abejas, se agachaba en el asiento trasero. Si la abeja le picaba, ella podía morir en una hora. Ella gritaba de miedo, “Oh, papi, ¡es una abeja! ¡Me va a picar!”. El padre rápidamente se hizo a un lado de la carretera y paró el auto. Extendió su mano para atrapar a la abeja. Zumbando hacia él, la abeja chocó contra la ventana donde el padre la atrapó en su mano. Cerrando su mano, esperó la picadura inevitable. Luego, con dolor, dejó ir a la abeja. La abeja estaba suelta en el carro otra vez. La pequeña niña se alarmó nuevamente, “Papi, ¡me va a picar!”. El padre gentilmente dijo, “No cariño, ahora ya no te va a picar. Mira mi mano”. El aguijón de la abeja estaba en su mano.

En “El Aguijón de la Abeja” (2006), De Casa a Casa, 11[4]:8, julio/agosto.

En medio de un incendio, un joven bombero dio un paso adelante y se ofreció como voluntario para ir a rescatar a una pequeña bebé, incluso cuando su jefe había dicho que las llamas eran muy altas y el edificio inestable. Tan pronto como ese joven bombero pudo sacar a la pequeña niña por la ventana y bajarla hasta la red de rescate, el edificio colapsó, y él pereció en las llamas. Veinte años después, al lado de una tumba con la estatua de un bombero, una joven sollozaba. Un hombre paró y le preguntó amablemente, “¿Fue ese su padre o hermano?”. Ella respondió, “No; ese fue el hombre que murió por mí”.

En “Ese fue el Hombre que Murió por Mí” (2006), De Casa a Casa, 11[5]:7, septiembre/octubre.

Santidad

Un día una madre y su pequeño hijo estaban caminando a su auto después de la clase bíblica, cuando el niño repentinamente dijo: “Mamá, no voy a pecar nunca más”. La madre sintió mucho gozo, pero luego comenzó a pensar por qué había dicho eso, y le preguntó. El niño respondió: “Jesús dijo que si no pecas, entonces puedes arrojar la primera piedra, y yo quiero arrojar la primera piedra”.

En “Motivación Equivocada” (2008), De Casa a Casa, 13[5]:4, septiembre/octubre. 

  • S en el Hogar

A Alberto, de cinco años, le habían contado la historia del “monje de la columna”, Simón el Estilita, quien vivió 37 años en una plataforma pequeña encima de una columna cerca de Alepo, Siria. Alberto se sintió cautivado por el enfoque de ese hombre desilusionado en busca de la aprobación de Dios. Él decidió imitar a Simón. Colocó una silla de la cocina encima de una mesa y subió a su posición peligrosa y comenzó su viaje hacia la “santidad”.

Cuando su madre entró a la cocina, interrumpió su peregrinaje al decir: “Alberto, bájate de esa silla antes que te rompas el cuello”. Él se quejó, y salió de la cocina diciendo: “¡Ni siquiera puedo llegar a ser un santo en mi propia casa!”.

En Allen Webster (sine data), “Necesito las Oraciones de Aquellos que Me Aman” (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

Satisfacción

Una vez Johannes Tauler se encontró con un mendigo. “¡Qué Dios te dé un buen día, mi amigo!”, Tauler dijo. El mendigo respondió, “Yo doy gracias a Dios que nunca he tenido un día malo”. Luego Tauler dijo, “Dios te dé una vida feliz, mi amigo”. El mendigo respondió, “Doy gracias a Dios que nunca he sido infeliz”. Asombrado, Tauler respondió, “¿Qué quieres decir?”. El mendigo dijo, “Cuando el día es bueno, agradezco a Dios; cuando llueve, agradezco a Dios; cuando tengo lo suficiente, agradezco a Dios; cuando tengo hambre, agradezco a Dios; y ya que la voluntad de Dios es mi voluntad, y lo que le agrada me agrada, ¿por qué debería decir que no soy feliz cuando realmente lo soy?”. Tauler miró al hombre con asombro. “¿Quién eres?”, le preguntó. “Soy un rey”, dijo el mendigo. “¿Dónde está tu reino?”, preguntó Tauler. El mendigo respondió, “En mi corazón”.

En Ian Lyall (2008), Palabras del Púlpito [Words from the Pulpit] (Raleigh, NC: Lulu), p. 66.

  • S Espiritual

Betty llegó a ser cristiana a una edad mayor. Aunque era muy pobre, era muy activa. Visitaba a los enfermos; de su pobreza, daba a los pobres; pedía dinero para aquellos a los cuales no podía ayudar; hablaba a muchos acerca del Salvador. Al final quedó en cama por meses padeciendo de reumatismo, dolor y necesidad. Un visitante le preguntó si era difícil soportar el cambio. Ella respondió: “Absolutamente no. Cuando estaba bien, solía pensar que Jesús me decía, ‘Betty, ve allá. Betty, ven acá. Betty, haz esto. Betty, haz eso’, y solía hacerlo tan bien como podía. Ahora pienso que Él me dice: ‘Betty, quédate quieta y tose’”.

En Allen Webster (sine data), “En Busca de Excelencia” (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

Un grupo de una iglesia en New Bern, Carolina del Norte, había viajado al Caribe para una campaña misionera. La gente del lugar les llevó a visitar a una colonia de leprosos en la isla de Tobago. Mientras visitaban a los pacientes en una situación lamentable, tuvieron un servicio en la capilla del recinto. Los leprosos llenaron el lugar y tomaron sus asientos, y los misioneros dirigieron los himnos. El dirigente del grupo—cuyo nombre era Jack—notó que una mujer estaba sentada en la última banca, dando la espalda a la congregación. ¡Qué extraño! Jack dijo, “Tenemos tiempo para un himno más. ¿Tiene alguien un himno favorito?”. Por primera vez, la mujer leprosa de la última banca volteó su rostro. Jack comentó, “Me quedé pasmado mirando fijamente el rostro más espantoso que jamás he visto. Ella no tenía nariz ni labios. Solamente dientes expuestos, como los de una calavera”. Mientras se volteaba, levantó su mano—con la excepción que “eso” no era una mano. Era una terminación de huesos desprovistos de carne. Mientras el pobre Jack trataba de contenerse, ella dijo, “¿Pudiéramos cantar ‘Cuenta Tus Muchas Bendiciones’?”. Jack no pudo soportar más. Salió corriendo a través de la puerta con lágrimas en los ojos. Otra persona se paró y dirigió el himno, y un amigo salió y puso su brazo alrededor de Jack. “Nunca más podrás cantar ese himno otra vez, ¿no lo crees Jack?”. Jack dijo, “Oh, claro que sí, pero nunca lo haré de la misma manera”.

En “Su Canción Preferida” (2007), De Casa a Casa, 12[1]:3, enero/febrero.

Un hombre muy respetado y conocido como el “Tío Johnson”, murió en Michigan a la increíble edad de 120 años. Tal vez se puede atribuir su edad avanzada en parte al enfoque alegre que caracterizaba su vida. Un día mientras caminaba en su jardín, cantaba alabanzas a Dios. Su predicador, que estaba pasando por allí, miró por encima de la cerca y dijo, “Tío Johnson, parece que está muy alegre hoy”. El anciano dijo, “Sí, estaba justo pensando”. “¿Pensando en qué?” preguntó el predicador. “Oh, estaba pensando que si las migajas de gozo que caen de la mesa del Maestro en este mundo son tan buenas, ¡los panes enteros serán grandiosos! Sabe, habrá suficiente para todos y mucho de sobra”.

En “Las Migajas de la Mesa” [“Crumbs from the Table”] (2002), The Timothy Report, 18 de febrero.

  • S, Falta de

Robert Robinson escribió el himno antiguo, “Fuente de la Vida Eterna”, cuando tenía solamente 23 años de edad. La tercera estrofa original en inglés contiene la frase: “Propenso a desviarme, Señor lo siento, Propenso a dejar al Dios que amo”. Desafortunadamente, esta frase fue profética para Robinson, ya que en sus últimos años él sucumbió al pecado. Mientras hacía una diligencia, Robinson oyó a una mujer que tarareaba su himno. Ella luego conversó con él y le preguntó qué pensaba del himno. Abrumado por la emoción, él dijo: “Señora, yo soy el hombre pobre e infeliz que escribió ese himno muchos años atrás, y daría mil mundos si los tuviera, con tal de disfrutar los sentimientos que tenía entonces”.

En Allen Webster (sine data), “Lo que se Debe Hacer con la Oveja Descarriada” (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

El multimillonario William Randolph Hearst invirtió una fortuna coleccionando tesoros de arte de todo el mundo. Un día, Hearst leyó la descripción de una valiosa pieza de arte, y luego envió a su representante al extranjero a buscarla. Después de meses de búsqueda, el representante reportó que finalmente había encontrado el tesoro. Para sorpresa de Hearst, la obra maestra estaba almacenada en nada menos que el propio depósito de Hearst.

En “William Randolph Hearst” (1995), Today in the Word, 13 de diciembre.

Varios ex alumnos que tenían profesiones muy establecidas se reunieron para visitar a su antiguo profesor de la universidad. La conversación pronto se convirtió en quejas en cuanto al estrés en el trabajo y la vida. El profesor les ofreció café, trayendo una cafetera grande y una variedad de tazas—de porcelana, plástico, cristal, algunas simples, algunas muy caras, algunas delicadas—y les dijo que se sirvieran. Cuando todos los estudiantes tuvieron una taza en la mano, el profesor dijo: “¿Notaron que todas las tazas caras y elegantes fueron escogidas, y las baratas y simples fueron ignoradas? Aunque es normal para ustedes querer lo mejor, esa es la fuente de sus problemas y estrés. Tengan en cuenta que la taza misma no añade calidad al café en la mayoría de casos. Es solamente más cara, y en algunos casos incluso esconde lo que bebemos”.

En “Una Taza de Café” (2006), De Casa a Casa, 11[6]:3, noviembre/diciembre.

Secreto

  • S, Conocimiento de lo (vea Conocimiento de las Cosas Secretas)

Soberbia (vea Orgullo)

Soledad

Seis semanas antes que Elvis Presley muriera, un reportero le preguntó: “Elvis, cuando primero comenzaste a hacer música, dijiste que querías ser rico, famoso y feliz. ¿Te sientes feliz?”. Elvis respondió: “Me siento solo”.

Fuente Desconocida

James Lee era un padre joven de Chicago que llamó al reportero de un periódico para decirle que había enviado un sobre contando su historia, y que se iba a suicidar. El reportero trató desesperadamente de rastrear la llamada pero fue demasiado tarde. La policía llegó y encontró a Lee caído en la cabina telefónica de una taberna con un bala en su cabeza. También encontraron un dibujo a crayón, muy doblado, en el cual estaba escrito, “Por favor, dejen este dibujo en el bolsillo de mi abrigo. Quiero que se me entierre con él”. El dibujo estaba firmado con letras de una niña, su hija Shirley, quien había muerto en un incendio cinco meses antes. Lee había sido golpeado tanto con el dolor que había pedido a algunas personas extrañas que asistieran al funeral de su hija para que ella pudiera tener un “buen” servicio. Él dijo que no había familia que asistiera, ya que su madre había muerto cuando Shirley tenía dos años. El padre desconsolado dijo al reportero que todo lo que tenía en la vida se había ido. Se sentía demasiado solo. Dio su propiedad modesta a la iglesia a la que Shirley había asistido y dijo, “Tal vez en diez o veinte años, alguien verá la placa y se preguntará quién fue Shirley Ellen Lee, y dirá, ‘Alguien debió haberla amado mucho’”.

En Allen Webster (sine data), “¿Solitario?”, (Jacksonville, AL: House to House), folleto.

Sufrimiento (vea también Pruebas)

  • S, Propósitos del

Durante la Gran Depresión, un hombre bueno perdió su trabajo, agotó sus ahorros y perdió su casa. Su dolor incrementó con la muerte repentina de su joven esposa. Lo único que le quedaba era su fe—la cual se estaba debilitando. Un día caminaba por el vecindario buscando trabajo. Paró para mirar mientras algunos hombres trabajaban con piedras en el edificio de una iglesia. Uno estaba tallando hábilmente un pedazo triangular de piedra. Al no ver un lugar dónde debía ir el pedazo, preguntó: “¿Dónde va a poner esa piedra?”. El hombre señaló hacia la parte más alta del edificio y dijo: “¿Ve esa pequeña abertura cerca del capitel? Allí es donde la pondré. Le estoy dando forma aquí para que pueda encajar allí”. Las lágrimas llenaron los ojos del hombre sufrido mientras caminaba pensando en la idea: “dar forma aquí para que pueda estar allí”. Él encontró un nuevo significado para su situación difícil.

Adaptado; en Robert Bradley (2008), La Necesidad de la Adversidad [Necessity of Adversity] (Maitland, FL: Xulon), pp. 51-52.

Lehman Strauss experimentó el dolor del sufrimiento. Mientras lidiaba con el derrame cerebral de su esposa, escribió un libro titulado, En la Sala de Espera de Dios: El Aprendizaje a través del Sufrimiento. Al intentar entender mejor los eventos que sucedían en su vida, comparó su experiencia con los recuerdos de su infancia cuando su mamá le preparaba un pastel. El Dr. Strauss recordó los varios ingredientes que se empleaban en la preparación de un pastel—harina, polvo de hornear, mantequilla, huevos. Por sí mismos los ingredientes no eran muy agradables, pero cuando se los mezclaba adecuadamente y se los horneaba el tiempo correcto, producían un postre delicioso.

Vea Lehman Strauss (1984), En la Sala de Espera de Dios: El Aprendizaje a través del Sufrimiento [In God’s Waiting Room: Learning Through Suffering] (Chicago, IL: Moody), pp. 75-76.

Una joven que estaba sufriendo grandemente puso su confianza en una amiga cristiana mayor, y le dijo: “Si Dios me ama como tú dices que me ama, ¿por qué me hizo de esta manera?”. La mujer mayor respondió, “La verdad es que Él te está haciendo ahora”.

En Allen Webster (sine data), “La Refinería de Dios”, (Jacksonville, AL: House to House), folleto. 

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